(Donde se empieza hablando de cine y después de un paseo por Barbate se critica a los japoneses y a los críticos y se alaba a Karen Bell, a Darío Barrio y a Sergi Arola)

De Charlton Heston se cuentan muchas anécdotas. Por ejemplo que obligó a omitir en la versión cinematográfica de Ben Hur que él interpretó, todas las referencias a la relación homosexual adolescente entre su personaje y Mesala y, mientras tanto, William Wyler, Gore Vidal y Stephen Boyd se tronchaban de risa llenando la película de insinuaciones sin que el pobre Heston se enterase de nada. Se dice también que tenía un fuerte carácter y que cuando creía en una idea, luchaba por ella hasta el final. Un hombre recto y coherente o un cabezota incapaz de cambiar, según se mire, pero este modo de ser sirvió, por ejemplo, para que Heston impusiera su criterio de que fuera Orson Welles quien dirigiera “Sed de Mal”, ayudando incluso a financiar la película; o que defendiera a capa y espada a Sam Peckinpah durante el rodaje de “Mayor Dundee” frente a las presiones de los productores; o que presidiera, hasta casi el final de sus días, la Asociación Nacional del Rifle, lo que le identificó ante el mundo como el representante de esa América oscura, insolidaria y brutal que guarda la Biblia en el cajón de la mesilla de noche y la pistola debajo de la almohada. Y sin embargo Charlton Heston tenía fama de ser un hombre solidario que además de participar en famosas superpoducciones históricas trabajó también en películas con una gran carga ecologista como “El más valiente entre mil”, “El planeta de los simios” con ese final tan lleno de desesperanza o “Soylent green”
A Edward G. Robinson lo considero uno de los mejores actores de la historia del cine. Así de claro. Un tipo dotado de una extraordinaria personalidad que volcaba en sus personajes y que resultaba igual de creíble como hombre bondadoso o como malvado violento. Uno de esos tipos (como Spencer Tracy o James Cagney) que parecía actuar sin esfuerzo, quizás porque eran tan enormes sus cualidades para la interpretación que no tenían necesidad de esforzarse. Cualidades que Robinson demostró continuamente en sus papeles de gangster de la década de los 30; en sus obras maestras de los 40, como “La mujer del cuadro”, “Perdición”, “Perversidad”, “Odio entre hermanos “ o “Cayo Largo” con Bogart y Bacall; o en sus obras de madurez, entre ellas la que resultaría ser su última película: “Soylent green”.
Richard Fleischer es un director norteamericano que (incomprensiblemente, en mi opinión) suele pasar bastante desapercibido. Los críticos (¡ay, los críticos!) están más atentos a Bergman o a Antonioni, pero a mí Fleischer me encanta, y lo justifico citando algunas de las películas que ha dirigido: “20.000 leguas de viaje submarino”, “Los vikingos”, memorable muestra del cine de aventuras, “Barrabás”, “Viaje alucinante” o “El estrangulador de Boston” con una magnífica interpretación de Tony Curtis. También escribió una divertida autobiografía cuyo título “Just tell me when to cry” constituye toda una declaración y se refiere a una anécdota que le ocurrió cuando dirigía a Silvia Sydney: “Ella era para mi una de las grandes actrices de todos los tiempos, y no podía creerme que estuviera en mi película. Había una escena muy dramática en la que tenia que llorar, y yo, director joven, no sabía como abordarla. Me reuní con ella y le di una larga charla de lo más moderna sobre sus motivaciones, la de los otros personajes, detalles psicológicos y todo eso. Ella me escuchó pacientemente, hasta que de golpe me dijo: disculpe, pero solo dígame cuando tengo que llorar y yo lloraré”. Director versátil, en 1.973 dirigió una magnífica película de tinte ecologista: “Soylent green”
Es decir, que todos ellos se juntaron en “Soylent green”, relato policíaco que se desarrolla en la Nueva York del futuro y que nos muestra un mundo superpoblado, acuciado por la pobreza y por la escasez de alimentos. Es una película muy hermosa que trata con aparente sencillez un problema de enormes dimensiones como es el proceso de explotación y degradación al que estamos sometiendo al planeta y que cuenta con escenas bellísimas como aquella en la que el policía interpretado por Charlton Heston se lava las manos con agua corriente y jabón; o cuando Heston y Robinson se dan un banquete con carne, tomates, lechugas y una manzana; o la estremecedora muerte de Robinson mientras contempla escenas de una naturaleza que ya no existe y escucha la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Si las cosas y las personas existen mientras exista alguien que piense en ellas, la muerte del anciano supone la definitiva desaparición de una forma de vida.
En “Soylent green” estuve pensando cuando paseaba por Barbate, después de una comida en El Campero a base de atún, con mojama, escabeche, lomo cocido, huevas, tartar, sashimi, tarantelo encebollado y contramormo a la plancha y que no incluyó morrillo porque ya se había agotado (en El Campero se reponen las existencias de atún una vez al año coincidiendo con su paso por el estrecho). ¿Podremos repetir una comida como ésta? La respuesta es que no. Hace unos años sólo se podía tomar el atún rojo en unas zonas concretas, por ejemplo en Barbate, pero ahora abunda su presencia en todas las cartas del mundo y sobrecoge la presencia de las grandes naves japonesas de ultracongelado que acaparan la mayor parte de las capturas para venderlas en el mercado japonés.
¿Estaremos llegando al fin? Pues sí. Se está acabando delante de nuestros ojos una de las especies más exquisitas del mar. Las poblaciones de atún rojo no paran de reducirse y aunque esto trae consigo graves desequilibrios en el medio marino, como las crecientes plagas de medusas que asolan nuestras aguas en verano, la desaparición del atún es en sí misma una tragedia. Las causas parecen claras: la demanda descontrolada que existe por esta carne (a lo que no es ajeno el increíble aumento en los últimos años del consumo de comida japonesa en todo el mundo), la mala gestión de los organismos internacionales responsables de la conservación de las especies marinas, la desidia de los gobiernos y el desinterés de los consumidores, porque, no nos engañemos, somos egoístas y una consecuencia habitual ante una llamada de atención sobre el peligro de extinción de una especie suele ser el aumento de su consumo: “voy a ponerme morado de atún antes de que se agote y que me quiten lo bailao porque, en el fondo, ¿qué me importa lo que ocurra en este planeta cuando yo esté muerto?. Además, si los demás lo hacen, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”.
Puede parecer que este es uno de esos problemas ante los que el ciudadano tiene poco que hacer, no lo sé. Yo me voy a limitar a sumarme al boicot contra el consumo del atún rojo hasta que las poblaciones se recuperen y sean gestionadas de forma adecuada; a invitar a los chefs a que eliminen el atún rojo de sus cartas y a aplaudir a los que ya lo han hecho como Karen Bell de Memento, Sergi Arola de Sergi Arola Gastro y Darío Barrio de Dassa Bassa. La verdad es que es bueno que haya chefs que piensen que es su responsabilidad cuidar no sólo de la calidad de los productos sino también de su sostenibilidad, aunque es lástima que en este tema los críticos gastronómicos de este país (¡ay, los críticos!) ni estén ni se les espere.
A veces es complicado entender la naturaleza ansiosa del ser humano. Esperemos que nuestros hijos no tengan que comer jamás soylent green.

De Charlton Heston se cuentan muchas anécdotas. Por ejemplo que obligó a omitir en la versión cinematográfica de Ben Hur que él interpretó, todas las referencias a la relación homosexual adolescente entre su personaje y Mesala y, mientras tanto, William Wyler, Gore Vidal y Stephen Boyd se tronchaban de risa llenando la película de insinuaciones sin que el pobre Heston se enterase de nada. Se dice también que tenía un fuerte carácter y que cuando creía en una idea, luchaba por ella hasta el final. Un hombre recto y coherente o un cabezota incapaz de cambiar, según se mire, pero este modo de ser sirvió, por ejemplo, para que Heston impusiera su criterio de que fuera Orson Welles quien dirigiera “Sed de Mal”, ayudando incluso a financiar la película; o que defendiera a capa y espada a Sam Peckinpah durante el rodaje de “Mayor Dundee” frente a las presiones de los productores; o que presidiera, hasta casi el final de sus días, la Asociación Nacional del Rifle, lo que le identificó ante el mundo como el representante de esa América oscura, insolidaria y brutal que guarda la Biblia en el cajón de la mesilla de noche y la pistola debajo de la almohada. Y sin embargo Charlton Heston tenía fama de ser un hombre solidario que además de participar en famosas superpoducciones históricas trabajó también en películas con una gran carga ecologista como “El más valiente entre mil”, “El planeta de los simios” con ese final tan lleno de desesperanza o “Soylent green”
A Edward G. Robinson lo considero uno de los mejores actores de la historia del cine. Así de claro. Un tipo dotado de una extraordinaria personalidad que volcaba en sus personajes y que resultaba igual de creíble como hombre bondadoso o como malvado violento. Uno de esos tipos (como Spencer Tracy o James Cagney) que parecía actuar sin esfuerzo, quizás porque eran tan enormes sus cualidades para la interpretación que no tenían necesidad de esforzarse. Cualidades que Robinson demostró continuamente en sus papeles de gangster de la década de los 30; en sus obras maestras de los 40, como “La mujer del cuadro”, “Perdición”, “Perversidad”, “Odio entre hermanos “ o “Cayo Largo” con Bogart y Bacall; o en sus obras de madurez, entre ellas la que resultaría ser su última película: “Soylent green”.
Richard Fleischer es un director norteamericano que (incomprensiblemente, en mi opinión) suele pasar bastante desapercibido. Los críticos (¡ay, los críticos!) están más atentos a Bergman o a Antonioni, pero a mí Fleischer me encanta, y lo justifico citando algunas de las películas que ha dirigido: “20.000 leguas de viaje submarino”, “Los vikingos”, memorable muestra del cine de aventuras, “Barrabás”, “Viaje alucinante” o “El estrangulador de Boston” con una magnífica interpretación de Tony Curtis. También escribió una divertida autobiografía cuyo título “Just tell me when to cry” constituye toda una declaración y se refiere a una anécdota que le ocurrió cuando dirigía a Silvia Sydney: “Ella era para mi una de las grandes actrices de todos los tiempos, y no podía creerme que estuviera en mi película. Había una escena muy dramática en la que tenia que llorar, y yo, director joven, no sabía como abordarla. Me reuní con ella y le di una larga charla de lo más moderna sobre sus motivaciones, la de los otros personajes, detalles psicológicos y todo eso. Ella me escuchó pacientemente, hasta que de golpe me dijo: disculpe, pero solo dígame cuando tengo que llorar y yo lloraré”. Director versátil, en 1.973 dirigió una magnífica película de tinte ecologista: “Soylent green”
Es decir, que todos ellos se juntaron en “Soylent green”, relato policíaco que se desarrolla en la Nueva York del futuro y que nos muestra un mundo superpoblado, acuciado por la pobreza y por la escasez de alimentos. Es una película muy hermosa que trata con aparente sencillez un problema de enormes dimensiones como es el proceso de explotación y degradación al que estamos sometiendo al planeta y que cuenta con escenas bellísimas como aquella en la que el policía interpretado por Charlton Heston se lava las manos con agua corriente y jabón; o cuando Heston y Robinson se dan un banquete con carne, tomates, lechugas y una manzana; o la estremecedora muerte de Robinson mientras contempla escenas de una naturaleza que ya no existe y escucha la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Si las cosas y las personas existen mientras exista alguien que piense en ellas, la muerte del anciano supone la definitiva desaparición de una forma de vida.
En “Soylent green” estuve pensando cuando paseaba por Barbate, después de una comida en El Campero a base de atún, con mojama, escabeche, lomo cocido, huevas, tartar, sashimi, tarantelo encebollado y contramormo a la plancha y que no incluyó morrillo porque ya se había agotado (en El Campero se reponen las existencias de atún una vez al año coincidiendo con su paso por el estrecho). ¿Podremos repetir una comida como ésta? La respuesta es que no. Hace unos años sólo se podía tomar el atún rojo en unas zonas concretas, por ejemplo en Barbate, pero ahora abunda su presencia en todas las cartas del mundo y sobrecoge la presencia de las grandes naves japonesas de ultracongelado que acaparan la mayor parte de las capturas para venderlas en el mercado japonés.¿Estaremos llegando al fin? Pues sí. Se está acabando delante de nuestros ojos una de las especies más exquisitas del mar. Las poblaciones de atún rojo no paran de reducirse y aunque esto trae consigo graves desequilibrios en el medio marino, como las crecientes plagas de medusas que asolan nuestras aguas en verano, la desaparición del atún es en sí misma una tragedia. Las causas parecen claras: la demanda descontrolada que existe por esta carne (a lo que no es ajeno el increíble aumento en los últimos años del consumo de comida japonesa en todo el mundo), la mala gestión de los organismos internacionales responsables de la conservación de las especies marinas, la desidia de los gobiernos y el desinterés de los consumidores, porque, no nos engañemos, somos egoístas y una consecuencia habitual ante una llamada de atención sobre el peligro de extinción de una especie suele ser el aumento de su consumo: “voy a ponerme morado de atún antes de que se agote y que me quiten lo bailao porque, en el fondo, ¿qué me importa lo que ocurra en este planeta cuando yo esté muerto?. Además, si los demás lo hacen, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”.
Puede parecer que este es uno de esos problemas ante los que el ciudadano tiene poco que hacer, no lo sé. Yo me voy a limitar a sumarme al boicot contra el consumo del atún rojo hasta que las poblaciones se recuperen y sean gestionadas de forma adecuada; a invitar a los chefs a que eliminen el atún rojo de sus cartas y a aplaudir a los que ya lo han hecho como Karen Bell de Memento, Sergi Arola de Sergi Arola Gastro y Darío Barrio de Dassa Bassa. La verdad es que es bueno que haya chefs que piensen que es su responsabilidad cuidar no sólo de la calidad de los productos sino también de su sostenibilidad, aunque es lástima que en este tema los críticos gastronómicos de este país (¡ay, los críticos!) ni estén ni se les espere.
A veces es complicado entender la naturaleza ansiosa del ser humano. Esperemos que nuestros hijos no tengan que comer jamás soylent green.




