Mientras me tiñen el cabello con mechas de tonos dorados, me dedico a leer un artículo en una de esas revistas que hablan con poco criterio de cualquier tema. El artículo en cuestión, trata de Paris Hilton, que ha vuelto a ser fotografiada saliendo de un coche de forma descuidada. Según el periodista las fotos demuestran que a esta musa de la nueva generación se le debieron olvidar las bragas al salir de su casa. Agudizo la vista buscando evidencias y, aunque no termino de encontrarlas, me lo creo. Me lo creo porque confío en lo que dice la prensa del mismo modo en que mi madre confiaba en la calidad de los quesitos El Caserío: “Créetelo hijo, que lo dice el periódico. Y, por cierto, termina de comerte el quesito de una vez.” Eso me decía de niño, y así lo he hecho siempre desde entonces: confiar en la prensa y comerme el quesito, aunque no necesariamente sea de El Caserío. Confío en la prensa hasta el punto de que la mayoría de mis opiniones han estado condicionadas por el enfoque del periódico que acabe de leer o de la emisora de radio que haya escuchado por la mañana en el coche, camino del trabajo. El periodista insiste en que el hecho de salir a la calle sin ropa interior se está convirtiendo en una costumbre entre las niñas pijas de Los Ángeles y de otras ciudades norteamericanas, las cuales manifiestan de este modo su rebeldía, imitando a alguna famosa como Lindsay Lohan, Britney Spears, la propia Paris Hilton o las chicas descerebradas de “Sexo en Nueva York”.
Paso la página y leo que se ha montado cierto revuelo con las bragas que ha lucido Venus Williams durante el torneo de Roland Garros. Bragas oscuras y grandes, que al ser del mismo color que la piel de la tenista motivaron turbación y desconcierto en la mayoría de los espectadores, los cuales, durante un momento, creyeron estar viendo a la jugadora desnuda sobre la pista y, claro, así no hay quien se concentre en el partido. Tanto leer cosas sobre bragas hace que me venga a la cabeza ese baile irreverente llamado Can-Can con las bailarinas levantándose la falda y los encajes, para dejar al descubierto su ropa interior, sus medias negras y sus ligas de colores. Cole Porter, Walter Lang, Maurice Chevalier, Frank Sinatra y Shirley MacLaine. Luego, si les parece, seguimos hablando de ese baile escandaloso que resulta tan chispeante como una copa de champán en una noche de verano, pero ahora no querría dispersarme con otros asuntos que nos aparten de las bragas. Sigo leyendo y me encuentro con un reportaje a doble página hablando de un acontecimiento ocurrido hace tiempo en un capítulo de un programa de la Sexta llamado “Sé lo que hicisteis la última semana”, en el que parece ser que se le vieron las bragas a la presentadora Patricia Conde. Según dice el periodista, ese momento ha sido el video más visto en youtube en España durante el mes de junio del año pasado. Bueno. Está bien. Le comento al peluquero que mientras que él ha tenido tiempo de cortarme el pelo, de repasarme las cejas, de ponerme mechas y de rematar la faena pasándome el cepillo por la espalda y por los hombros, yo lo único que he hecho ha sido leer reportajes que tratan de bragas: “Fíjese, aquí dice que durante esta semana también se le han visto las bragas en distintas circunstancias a Sarah Ferguson, a Amy Winehouse y a Belén Esteban, mujer racial que además de bailar como un pasmarote es capaz de matar por su hija.”
Me explica mi peluquero que las bragas de las famosas se han convertido en un nuevo género periodístico que goza hoy día de gran predicamento, lo cual no deja de tener cierto sentido si consideramos cómo han ido evolucionando nuestros gustos y nuestros intereses por los asuntos de los famosos. En los años sesenta, los protagonistas de las revistas del corazón eran las estrellas de cine; en los setenta, los miembros de la aristocracia, sobre todo los que vivían en Marbella y salían de fiesta con Gunilla von Bismarck; en los ochenta, los deportistas de éxito; en los noventa, los yuppies de los cojones; y, ya en el siglo XXI, nuestra atención la ocupan principalmente las parejas de los hijos de los que fueron pareja de algún famoso, por lo que a falta de otros asuntos de mayor interés, la noticia puede encontrarse perfectamente en su ropa interior o en la ausencia de ella. Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta que a la mayoría de los hombres las bragas siempre nos han interesado muchísimo. Las bragas y las mujeres que las llevan. Y aunque aquí estemos todo el día hablando de gastronomía, no se me ocurre ningún menú que pueda compararse, ni que sea tan apetecible como estar junto a una mujer a la que le guste estar con nosotros mientras se quita las bragas.
De niños no hacíamos esas cosas, claro, pero nunca perdíamos la oportunidad de lanzar una mirada furtiva a las piernas de las niñas, con la esperanza de que apareciese ante nuestros ojos algún resquicio de su ropa interior: “Mariví, te he visto las bragas, así que te tendrás que casar conmigo”. “Pero qué tonto eres, chaval.” Hace años, un poeta extraordinario nos explicó que si alguna vez necesitábamos consuelo, o si de pronto ocurría un apagón que nos dejara a oscuras en una noche sin luna, no habría para nosotros nada más conveniente ni mejor que tener a mano una mujer desnuda. Tenía razón el poeta cuando dijo que una mujer desnuda (sea en lo claro, en la penumbra o en lo oscuro) es una maravillosa provocación que supone un despilfarro de felicidad y que se convierte en el destino inevitable de nuestras manos y de nuestros labios, pero también hay que pensar que antes que la desnudez total están las bragas, y que en esta vida apresurada que llevamos nos conviene de vez en cuando ir con calma y detenernos a disfrutar del paisaje sin tener prisa por llegar al final del viaje. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Luego hablaremos más de poesía, pero ahora no querría dispersarme con otros asuntos que nos aparten de las bragas.Son muchas las veces que he disfrutado viéndole las bragas a una mujer. Está Marilyn, claro, el mito más fascinante de la historia del siglo pasado, capaz de mezclar la sensualidad y la inocencia como nadie lo ha hecho jamás en el cine. Marilyn era una mujer capaz de celebrar con una alegre sonrisa el frescor que le provoca el paso del metro bajo su falda mientras nos muestra unas bragas blancas, blanquísimas, que ella guarda durante el verano en la nevera de su casa. “La tentación vive arriba” es una película que estuvo a punto de no ser estrenada porque se tomaba a guasa el adulterio y la posible descomposición de una familia feliz. Afortunadamente los censores permitieron su estreno, ya que no mostraba explícitamente ninguna relación sexual entre los protagonistas. Pero cortaron dos escenas. La primera fue la ya comentada del paso del metro. Los muy imbéciles consideraron que a la actriz se le veían demasiado las bragas, como si fuera posible verle a una mujer las bragas demasiado o demasiado poco. El segundo corte fue todavía peor ya que alteraba el sentido de la historia: mientras la asistenta hacía la cama en el apartamento de él, se encontró con una horquilla entre las sábanas, es decir, se encontró con la prueba del adulterio. El Código Hays decía que el adulterio nunca debía ser objeto de una demostración demasiado precisa, ni ser justificado o presentado bajo un aspecto atractivo. Y eso fue lo que hizo Wilder, presentarlo de un modo atractivo y maravilloso, con una horquilla de Marilyn perdida entre las sábanas. Esa era la forma en la que nuestro adorado Billy nos contaba todo lo que había ocurrido en el apartamento la noche anterior. Este es el toque que Wilder heredó de Ernst Lubitsch y que un censor, maldito bastardo, cortó, impidiendo que nosotros pudiéramos verlo.
Si queremos hablar de mujeres en ropa interior, y yo al menos sí que quiero, podríamos empezar, quizás impropiamente, por el maravilloso modelo que lucía Maureen O’Sullivan en “Tarzán y su compañera”. Tan maravilloso era esa especie de bikini y tantas “ideas” nos levantó, que a partir de la siguiente entrega de Tarzán, la censura lo convirtió en un traje de una pieza. A mí me gustaría incluir también la escena en la que King Kong va desnudando poco a poco a Fay Wray, quien se revuelve aterrada en la palma de la mano del gorila mientras éste olisquea con placer cada una de las prendas que le iba arrancando. Esta escena fue también censurada en su momento por otro estúpido censor, y se volvió a incorporar en el nuevo montaje que se hizo de la película en los años ochenta.Creo que la primera vez que vi unas bragas en el cine fueron las de Katharine Hepburn en “La fiera de mi niña”, cuando a ella se le rompe el vestido en una fiesta, después de enseñar a comer aceitunas a un psiquiatra al que le falta un tornillo y antes de desencadenar una avalancha de desastres y disparates que se van sucediendo ante la mirada hipnotizada de los espectadores. Mae West, Jean Harlow, Lana Turner, Greta Garbo, Joan Blondell, Barbara Stanwyck… Maravillosas vampiresas que cuando eran buenas eran muy buenas, pero que cuando eran malas eran mejores. Pioneras en mostrar abiertamente su sensualidad en las pantallas de cine, en unos años en los que la virginidad de las chicas podía llegar a ser un asunto dramático, como ya nos demostró Natalie Wood en “Esplendor en la hierba”. Años después, nos encontramos con Janet Leigh compartiendo habitación con John Gavin en un motel de Phoenix. Es la primera escena de “Psicosis”, y Janet apenas está cubierta por unas enaguas y un sujetador. Las enaguas eran un complemento indispensable de la ropa interior femenina de los años cincuenta y sesenta. A mi no me gustan mucho, y parece ser que a Hitchcock tampoco: “siempre he sido un mojigato y ahora creo que ella estaba excesivamente vestida. No hay duda de que esta escena hubiera sido mucho más interesante si el pecho de la muchacha se frotara contra el pecho del hombre.” Los sujetadores y las enaguas constituyen también un tema lleno de posibilidades. Ya hablaremos de ellos un poco más tarde, pero ahora no querría dispersarme con otros asuntos. Prefiero volver a las bragas. Volver, por ejemplo, a unas bragas tan bonitas como las que lucía Stella Stevens en “La balada de Cable Hogue”, con el nombre de Hildy bordado en la parte delantera. Unas bragas que Hildy se quita para introducirse desnuda en un barreño de madera y tomar un baño junto a Cable Hogue, mientras él le frota la espalda y ella canta una canción que habla de un lugar llamado “Butterfly Mornings”. Hildy era una prostituta, pero yo la recuerdo como una mujer dulce, tierna y preciosa, de esas que son capaces de tocarte en lo más hondo. Hildy es el mejor papel en la discreta carrera cinematográfica de Stella Stevens, quien, por cierto, también actúo en “La aventura del Poseidón”, pasándose toda la película dando saltos en bragas por el barco.
En el cine se han desarrollado muchas conversaciones en ropa interior. Me gustan las que mantienen Diane Keaton y Woody Allen en “Annie Hall” sentados ambos sobre la cama, con ella fumando hierba e intentando relajarse antes de hacer el amor hablando de poesía americana y de orgasmos:
- “Creo que se le da tanta importancia al orgasmo para compensar las fases vacías de la vida”
- “¿Quién dijo eso?”
- “No sé, creo que el Marqués de Sade”
Recuerdo también la confesión que Nicole Kidman, en bragas, le hace a Tom Cruise, cuando le dice que hubiera estado dispuesta a abandonarlo todo a cambio de una noche de sexo con un oficial de la marina que acababa de conocer. Pero si hablamos de Kubrick, diré que para mí la escena más erótica de todo su cine es aquella en la que Varinia es ofrecida a Espartaco como premio por haber combatido bien en el circo. Es un momento tremendo, en el que dos personas que son tratadas como animales y cuyas vidas están destinadas a entretener a los demás, se miran dulcemente a los ojos y derriten el hielo. No soy un amante del cine de Kubrick, pero amo a esta película. Tanto como sólo se puede amar a aquello que te emociona.
Me vienen ahora a la cabeza otros momentos de belleza y de bragas. Por ejemplo el protagonizado por Jennifer Conelly, bellísima, bailando al compás de la canción Amapola en “Érase una vez en América”, y desnudándose después mientras es espiada por Noodles desde un cuarto de baño contiguo al salón de baile. No soy un amante del cine de Sergio Leone y, aunque tengo la sensación de estar repitiéndome, diré que amo a esta película como sólo se puede amar a aquello que te emociona. Una vez, una mujer que estaba en bragas junto a mí, sobre la mullida cama del cuarto de un hotel, dulce hotel, me dijo que para ella esta banda sonora de Ennio Morricone es la más bonita de la historia del cine. Posiblemente tenga razón. No lo sé. Pero sí es cierto que pensé entonces, mientras le miraba las bragas, que se trata de una música que no sólo acompaña a la película, sino que se mezcla con ella volando sobre el rostro de Robert De Niro, sobre los ojos de Elizabeth McGovern y sobre esa dura historia de lealtades y traiciones. Bragas y música. “Irma la dulce”, ropa interior verde. “Gypsy, la reina del vodevil”. Otra vez Natalie Wood. ¡Qué guapa era! Luego hablaremos de la música en el cine, pero ahora no voy a dispersarme con otros asuntos, porque antes quiero recordar a Julianne Moore, quien antes de convertirse en la agente especial Clarice Starling, se derramó, en la película “Vidas Cruzadas”, una copa de vino sobre la falda mientras le confesaba a su marido que le había sido infiel: “¿Esto es todo? ¿Es esto todo lo que quieres saber? Después, se quitó la falda, la lavó, la secó con un secador de pelo y nos demostró a todos los hombres que sí amamos a las mujeres, y que, también por ello, no podemos dejar de fijarnos en estas cosas, que ella es una pelirroja natural.Creo que me está subiendo un poco la temperatura. Para enfriar el ambiente, nada mejor que cerrar las páginas del corazón, de poesía y de cine, y abrir las de economía. Aquí se pueden leer los diagnósticos de expertos economistas, los cuales no encuentran más solución para nuestros problemas financieros que dejarnos a todos en bragas. Si esto tiene que ser así, que al menos podamos seguir haciendo el amor, con o sin bragas, a gusto de los consumidores, porque, como dijo Woody, el sexo es lo más divertido que se puede hacer sin sonreír. Se acaba la revista. Solo queda el sudoku, la programación de la tele y las recetas de cocina. Aquí me encuentro con la receta de una ensalada de arroz que me parece muy apropiada para el verano, pero ya se la contaré a ustedes luego, que ahora sólo quiero pensar en unas bragas y no quiero dispersarme con otros asuntos.






