lunes, 6 de junio de 2011

Réquiem por La Hacienda


Se cierra La Hacienda. Se va el último representante de una lejana época dorada en Marbella. No, no es esa de alcaldes sorianos, equinos asesores de urbanismo y princesas con más sangre rosa que azul en la que están pensando ustedes. Es una anterior a que llegasen los petrodolares y mucho antes de que lo hiciesen los hijos de la Perestroika. Les hablo de la época en la que Cary Grant y Eduardo de Inglaterra se cruzaban a las seis de la mañana en el vestíbulo del Marbella Club o en la que por la ciudad pululaban entre fiestas y camas Frank Sinatra, Jimmy Stewart, Audrey Hepburn, Lauren Bacall, Grace Kelly, Ava Gardner, los Kennedy o los Rothchilds. Más tarde llegarían Sean Connery, Kim Novak, Omar Sharif o Brigitte Bardot.

A la estela de todos ellos llegaron muchos dispuestos a dar de comer y de beber a tan selecta clientela: La Meridiana, La Fonda, el Grill del Marbella Club, La Hacienda. Casi todos desaparecidos, algunos convertidos en una sombra de lo que fueron, otros sobreviviendo como pueden. Entre todos ellos destacaba un joven cocinero belga, Paul Schiff, que abrió La Hacienda el 1 de Abril de 1969. Pocos saben que Schiff era ya un maestro en esa época y que provenía del restaurante Villa Lorraine de Bruselas avalado por sus 3 estrellas en la Guía Michelin como uno de los grandes restaurantes de Europa. No tardó en llegarle su primera estrella. No olvidemos nunca que fue la primera que jamás se había otorgado en Andalucía y un hecho ciertamente impensable unos años antes. Ahora que todo nos suena posible y que algunos cocineros pasean triunfales nuestra cocina por el mundo se nos hace difícil comprender la valentía y la trascendencia que tuvo romper esquemas y empezar a utilizar ingredientes locales y humildes en una alta cocina dominada en aquellos años por los ingredientes lujosos.

De Paul Schiff y su Hacienda escribió Vázquez Montalbán en su Guía de Restaurantes Obligatorios. Era, sin duda, el jardín más buscado de la costa y su cocina deslumbraba. Desde aquellos ya míticos boquerones rellenos de espinacas y jamón hasta hoy día que triunfan gazpachos, ajoblancos y espetos. Como he leído por ahí, platos que se convirtieron en el antes y después, en el símbolo que anunciaba la nueva cocina andaluza. Contaba, además, con una de las mejores brigadas de sala que ha operado en la Costa del Sol. Una sala en la que siempre ha brillado Teresa, su mujer. Trabajadora incansable, reina de la discreción y el saber estar. Dispuesta a conversar con quien lo requería o a callar durante horas si era menester. No creo que Paul, tristemente fallecido en 1994, tenga nada que reprocharle a ella o a su hija Cati. Una magnífica cocinera, con un buen gusto innato y una fiel continuadora del legado de su padre.


La Hacienda se va como ha venido trabajando durante cuatro décadas: en silencio, con discreción. Apenas un correo electrónico y un par de semanas de un menú histórico para despedir 42 años de trabajo. Ni una nota de prensa, ni agencias de comunicación. Apenas alguna reseña de esos críticos que hace unos años mataban por una mesa allí o por ser los invitados a alguna fiesta privada en sus jardines. Y muchos clientes abandonados entre la nostalgia y la tristeza de ver que se van.

En parte se acaba una forma de hacer las cosas. Un lugar donde se iba a cenar con amigos, en pareja, incluso sólo. Donde se iba a disfrutar, no a recibir instrucciones. Donde ningún camarero osaba interrumpir la conversación de los comensales para enunciar los ingredientes de un plato. Donde un dry martini o un negroni se preparaban y servían con precisión y naturalidad. Donde el vino – que siempre fue caro – se servía con ceremonia pero sin dar lecciones de enología. Donde uno podía pedir cualquier cosa que no estuviese en carta y que el cocinero tuviese al alcance de su mano. Donde la hora de cierre la marcaba el cliente porque, simplemente, así eran las cosas. Pero las cosas cambiaron. Las modas, la clientela, todo cambió. Y ellos lo intentaron todo, me consta. Menús cada vez más ajustados, con ingredientes más sencillos. La bodega se redujo. Llegaron el descorche, los menús temáticos y los recortes de personal.

Para la historia queda un puñado de recetas que son historia pura de la gastronomía andaluza. A modo de homenaje os ofrezco dos de las mejores:

PINTADA ASADA A LA CREMA DE UVAS PASAS

2 Pintadas de unos 800 gramos
100 gramos de pasas picadas
½ litro de nata
2 cucharadas de fondo oscuro
4 decilitros de Oporto
Aceite, sal, pimienta

Salpimentar la pintada interior y exteriormente. Colocar en una placa de horno con el aceite y asarla en el horno a 200 grados durante 40 minutos. Mientras tanto, hacer una reducción con la nata, las pasas picadas, el fondo oscuro y la mitad del Oporto. Sazonar.

Una vez asadas las pintadas, retirarlas de la placa y ponerlas en la fuente de servicio, manteniéndolas calientes en el horno ya apagado. Tirar la grasa de la placa y desglasar con el resto del Oporto. Añadir la reducción de la nata y rectificar el sazonamiento si fuese necesario.


Lonchear las pechugas de las pintadas, disponerlas en un plato y salsear. (Se solían acompañar de un gratinado de patatas dauphinese.

SABAYON AL VINO OLOROSO

¼ de litro de vino oloroso seco
100 gramos de azúcar
¼ de litro de nata montada
1 huevo entero
4 Yemas

Flambear el vino con el azúcar y reducirlo a la mitad. A continuación, montar las yemas con el huevo hasta espumarlo e ir añadiendo la reducción de oloroso. En un bol y, con suaves movimientos para que no baje, mezclar con la nata montada con suaves movimientos circulares. Servir templado o frío.

Ahora, cuando acababan de cumplir 42 años, La Hacienda echa el cierre. Sin más explicaciones que un “estamos cansados” aunque muchos sabemos que eran tiempos difíciles para ellos. Me dicen que van a echar abajo el restaurante para construir un chalet. Al final, un cierto atisbo de esperanza, “quizás en un años…”

Mi reconocimiento para el magnífico artículo “La Hacienda” escrito por Rafael de la Fuente en la sección Opinión de La Tribuna de Marbella. Espero que no le moleste que haya tomado prestadas alguna de sus frases más brillantes.

lunes, 30 de mayo de 2011

Le Bristol

El viajero pasea por Faubourg Saint-Honoré fascinado por la mezcla de grandeur y lujo. Tan espectaculares que tiende a dudar si aquello es real o sólo un cartón piedra. Desde el esquinazo con Rue Cambon, semilla de la bandera de la moda parisina, se suceden las boutiques de Gallliano, Hermés, Lancôme, las oficinas de Vogue, entremezclándose con el Palacio del Eliseo y el ministerio del interior. Le Bristol parece el único hotel posible en semejante entorno y su restaurante gastronómico una falange natural de tal nicho de sofisticación.

Pero a pesar del entorno el restaurante no nació con las tres estrellas michelín puestas en la solapa. Fue en el año 2009, diez años después de hacerse cargo del restaurante, cuando el normando Eric Frechon consiguió la tercera estrella. Frechon forma parte de una generación de cocineros -Yves Camdeborde de La Regalade o Thierry Breton de Chez Michel- que se formó en Le Crillon a las órdenes de Christian Constant. Las crónicas hablaban de una cocina que huía de la desestructuración y se basaba en el producto, en las antípodas de las tendencias que había marcado El Bulli en los últimos diez años. Irónicamente ha sido la tendencia la que se ha acercado a él, a su visión clásica y refinada de la cocina, incluso en la propia España.



Si uno espera una gran casa cuando llega a Le Bristol, esto es exactamente lo que se encuentra. Vajilla y cubertería maravillosa, un regio tapiz preside el salón donde la brigada se despliega bien dirigida por los jefes de sala. Disfruté con el maravilloso pan y la mantequilla, un punto más fría de lo que conviene para un aperitivol. Destaca el servicio de vinos que empieza con el asesoramiento sobre la enciclopédica carta de vinos -con su carísima y descomunal oferta de añadas y zonas- y se prolonga durante todo el almuerzo eligiendo las copas correctas, y manteniéndolas llenas al tiempo que se aseguran que la temperatura es correcta, sin mirar que el vino sea apenas el modesto tinto Givry de Joblot -70 euros-. La sala de Le Bristol es la mejor que he tenido oportunidad de disfrutar siendo -en mi opinión-, una buena pista de lo que una casa que aspira a las tres estrellas michelín debe garantizar.

El menú a 85 euros comienza con un amuse gueule de mousse de yema de huevo, templada y con textura suave. Me sorprende el calamar cocinado como una angula (sic), parece una corteza con el sabor del cefalópodo concentrado, lo acompaña de un fondo de alcaparras, tapioca y chorizo. Curioso plato aunque no me convenciera especialmente la combinación. La otra entrada posible -se ofrecen dos opciones para cada plato-, me pareció soberbia: polenta ligera con puntas de espárragos y morillas salteadas y desglasadas con vino blanco. Concepto sencillo y clásico, resultado delicioso.


Los principales siguen utilizando un producto modesto pero bien trabajado. Buen punto el del bacalao -skrei- poco hecho (sic) con cítricos escarchados y fondo de perejil y bígaros, con un punto excesivo de acidez que se repite en el hígado de vaca vieja y compota de cebollas al vinagre de frambuesa. Impresionante la textura y el punto de cocción que consiguen en este hígado, la acidez le confiere chispa y alegría al bocado. El menú incluye antes de los postres, la tabla de quesos con unas quince opciones, elegimos un buen comté -24 meses de curación-, un roquefort y un magnífico camembert. Bien afinados y servidos, quizá no la mejor versión que recuerdo haber probado de ninguno de ellos.

Mientras el jefe de sala nos ofrece los postres, el servicio sirve en la mesa aledaña su famosa pularda cocinada en vejiga -una de las debilidades de su vecino y cliente habitual, Sarkozy- y corta un poco más allá un gigot de cordero, ambos probablemente a precios inasequibles para el viajero modesto. Le preguntamos si hay alguna opción de que modifiquen el menú para incluir alguno de los postres de chocolate en lugar de los que se basan en leche y ruibarbo que aparecen como posibilidades en el menú. Así las cosas nos confirma que no hay problema y nos traen el impresionante chocolate del caribe con bizcocho fondant crujiente y helado de café torrefacto. Plato que tras una breve y urgente interrupción para ir al cuarto de baño deciden llevarse y volver a servirlo por "no estar bueno cuando el helado lleva más de dos minutos en la mesa". Sin palabras. Por parte de la casa -no incluido en el menú-, deciden traernos otro postre: "precioso" chocolate nyangbo, teja fina crujiente, cacao líquido y sorbete dorado con oro fino. La sobredosis de cacao no se hace pesada, entre otras cosas, porque este segundo es el mejor postre de chocolate que recuerdo haber tomado nunca.


Macarons, nubes y un café. Seguro que hay muchas razones para recordar un restaurante. Le Bristol las ofrece todas: el entorno -sí, palaciego-, la gastronomía -clásica y refinada-, el servicio y el trato personalizado, sereno, sencillo y educado que uno espera en los mejores anfitriones. Las tres horas se hacen un suspiro y el viajero sale flotando del hotel, en la mano derecha la caja de huevos de Pascua que en las fechas cercanas a la Semana Santa del 2011 le ofrecen como regalo de despedida. En cualquier caso y mientras nos dirigimos al París de los alrededores del Sena, el de los botellones y los bateau mouche llenos de americanas adolescentes, pienso que ójala tenga la oportunidad de poder volver, de sentarme otra vez en esa mesa y disfrutar de lo que creo es el culmen de la gastronomía de lujo europea, las gotas que destilan tres siglos de tradición e historia.

Bristol Paris.
Hôtel Le Bristol Paris. 112, rue du Faubourg Saint-Honoré 75008 Paris.
Tel. +33 1 53 43 43 00

lunes, 23 de mayo de 2011

Sucedáneos

“Es tan buena esta malta que parece café”. Eso decía un anuncio que se publicó en la prensa hace ya muchos años, en una época de montañas nevadas y banderas al viento, cuando los hombres llevaban sombrero, las mujeres eran el reposo del guerrero, los niños rezaban en las escuelas, los fumadores fumaban tabaco de picadura procedente de colillas recogidas en el suelo, los españoles éramos una unidad de destino en lo universal y la malta tostada se utilizaba como sucedáneo del café. La malta debe saber muy mal. En las viejas películas del Oeste era habitual ver como, al terminar la jornada, los vaqueros acampaban en un claro al atardecer para compartir un plato de judías con tocino y una taza de café junto a una fogata. Las judías se las comían con apetito, pero el café les provocaba casi siempre un gesto de asco. A veces, uno de ellos escupía el brebaje que estaba bebiendo y se lamentaba indignado: “No hay derecho a que se obligue a un hombre a beber esta porquería”. Yo no era capaz de entender la razón por la cual les salía siempre a todos el café tan malo, hasta que llegó Walter Brennan y nos lo explicó a la orilla del Río Rojo: “Yo no puedo hacer nada más. Es imposible que unos granos de cereal tostado puedan tener gusto a café.” O sea, que era malta. Yo creo haberla probado, no estoy seguro. Pero si alguna vez lo hice, ya olvidé su sabor, sin duda debido a que mi relación con ella fue muy fugaz. Sí recuerdo, en cambio, un frasco de EKO que nos aguardaba a mis hermanas y a mí en las estanterías de la despensa de la casa de mi abuela. En el frasco habitaban unos polvos de color marrón, obtenidos a partir de una mezcla de cereales, listos para ser disueltos en la leche. Decían que el EKO sabía a café, pero a mí, que era miembro destacado del club del Cola Cao, no me gustaba. Una vez quise imitar a esos duros vaqueros y escupí la bebida con gesto de asco. Todavía recuerdo el guantazo que me llevé.

No era la malta el único sucedáneo del café que se podía encontrar. El uso de la algarroba o de la achicoria secada, tostada y molida se popularizó en la España de los años cuarenta y cincuenta, junto con el NO-DO, la revista Signal, las canciones de Jorge Sepúlveda y una especie de tabaco rubio llamado “Tritón”, al que, según cuenta Forges en “Los Forrenta Años”, pronto los españoles de la época le asociaron los slogans correspondientes. “Tritón, estacas a millón”, o “Para gibar su pulmón, lo mejor: fume Tritón”. Poco después llegarían el “Bubi”, el “Bisonte” y el “3 Carabelas”. Para poder fumar “Fortuna” o “Lola” todavía habría que esperar un poco más, y para encender un ducados rubio, ya ni les cuento. Me acuerdo de aquellos pitillos bisonte que un compañero de clase le mangaba a su padre y que nosotros nos fumábamos a la hora del recreo escondidos en alguno de los mugrientos váteres del colegio. Eran tan malos que enseguida nos aficionamos al tabaco negro con filtro: “Record”, “Fetén”, “Jean”, “Ducados”, “Mencey”, “46” y “Rex”. También estaban los cigarrillos “Sombra”, que no sabían a nada: “Sombra sabe negro suave”, decía un anuncio publicitario que parecía haber sido escrito por un jefe comanche. Fumábamos negro porque no teníamos pasta para comprar tabaco rubio americano y porque la publicidad de la época nos aconsejaba comprar productos españoles. “No compres a quien te insulta, compra nacional”, nos decían; y nosotros, obedientes, nos gibábamos los pulmones con pitillos del país. Pero dejemos el tabaco y volvamos a la achicoria, para alegrarnos todos con la recuperación de un producto tradicionalmente considerado de segunda categoría, pero que puede volver a ponerse de moda, ya que se está intentando estimular su consumo, e incluso existe una página web (www.achicoriatv.com), impulsada por Elena Arzak y Koldo Royo, en la que se ofrecen recetas muy apetecibles, como los “lomos de sardina y achicoria rancia” de Marcos Morán o el “cafetocaldo” de Marcelo Tejedor.

Hoy se pueden encontrar en los supermercados cada vez más sucedáneos (cárnicos, lácteos, del mar, o de lo que sea) que guardan un sabor vagamente parecido al del producto original, por no hablar de ese sucedáneo de pan que nos sirven en los restaurantes y nos venden a diario en las panaderías. Pero la aparición de sucedáneos ya no suele depender de la escasez de un producto o de su precio. Lo que prima es la salud: nuestra salud y la del planeta. Se trata tanto de eliminar grasas y otras sustancias poco saludables para nuestro cuerpo como de obtener los productos por medio de técnicas no contaminantes para el medio ambiente. A lo mejor, con el consumo de estos diferentes tipos de productos podremos tomar menos pastillas en nuestra vejez y, además, lograremos retrasar el colapso ecológico al que estamos abocados. Pero a veces la lucha por mantenernos sanos nos puede convertir en unos desgraciados. Fue en Sevilla donde oí por primera vez eso del “desgraciao”. Como ya sabrán ustedes, un “desgraciao” es un café descafeinado con leche desnatada y sacarina. Yo lo he probado y tampoco es para tanto. Todo depende de la calidad del café. Más de una vez he tomado alguna taza de café natural con leche entera y azúcar que me ha hecho mucho más desgraciado que ese “desgraciao”. Lo que sí que me haría infeliz sería tener que tomar margarina en lugar de mantequilla. La margarina tiene menos grasa, aporta menos calorías, sale más barata y se unta mejor; lo único malo es que sabe a margarina. Pero además de la salud también influye la comodidad, ya que, si no es por esta razón, resulta difícil de explicar que alguien pueda tomarse un vaso de gazpacho Don Simón o una ensaladilla Frudesa embadurnada de mayonesa Calvé (la número uno, por cierto, en el ranking de ensaladillas rusas de un sobrino mío que está estudiando para crítico gastronómico). Como decíamos antes, cada vez hay más sucedáneos, pero a nuevos tiempos, nuevas razones. Si en la posguerra fue la escasez lo que popularizó las algarrobas en vinagre, la harina de almortas, el boniato blanco y el pan negro, hoy día las causas que motivan la existencia de sucedáneos son otras, aunque siga habiendo alguna excepción, como por ejemplo los sucedáneos del caviar o de las angulas, justificados por la escasez y por el alto precio del producto original.

En la industria farmacéutica también se buscan productos sustitutivos para los medicamentos de éxito, como el sucedáneo de la Viagra que, según me han comentado algunos amigos blogueros, funciona muy bien. En fin, ya me perdonarán, pero no he podido resistir la tentación de caer en el chiste fácil. Aunque no lo confesemos, la verdad es que los hombres estamos muy contentos con la aparición de un producto que nos devuelve la fe en las investigaciones científicas y nos permite mirar el futuro con optimismo. Después de años de fracasos de los laboratorios en la búsqueda de tratamientos anticelulíticos milagrosos o de nuevos remedios contra la calvicie, la Viagra nos proporciona la posibilidad de poder soñar con una vejez lasciva e impúdica, en la que los estragos de la edad no nos supongan un freno para seguir dando rienda suelta a nuestros desenfrenados apetitos. Aunque hoy todavía no la necesitemos, mañana, ¿quién sabe?

En ocasiones los sucedáneos de un producto pueden matar, como ocurría con el sucedáneo de penicilina que vendía Harry Lime en el mercado negro de la Viena ocupada por los aliados después de la Segunda Guerra Mundial. En realidad se trataba de una penicilina adulterada con polvos de talco, que provocaba la enfermedad y la muerte de aquellos que la tomaban. En lo alto de la noria Harry charlaba con su amigo Holly Martin: “¿De verdad sentirías compasión por alguno de esos puntitos si dejara de moverse para siempre? Si te ofreciera veinte mil dólares por cada puntito que se parara, ¿realmente me dirías que me guardase mi dinero, muchacho, o empezarías a calcular cuántos puntitos podrías permitirte dejar con vida? Libre de impuestos, amigo, libre de impuestos. Hoy en día es la única forma de ganar dinero.” Después, ambos se bajan de la noria y Harry suelta su famoso discurso de despedida: “Cuando te decidas, avísame: me veré contigo donde quieras y cuando quieras; pero cuando llegue ese día quiero verte a ti, no a la policía... y no te pongas tan serio... Después de todo, no es tan terrible; recuerda lo que dijo no se quién... En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, matanzas, derramamiento de sangre; pero también Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza por el contrario tuvieron quinientos años de amor fraternal, democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco. Hasta la vista, Holly.” Según Harry, son los períodos de guerras y de terror cuando los hombres damos lo mejor de nosotros mismos, mientras que la paz no es más que un sucedáneo transitorio que nos convierte a todos en unos despreocupados. Si eso es verdad, y teniendo en cuenta que no hay nada más aterrador que la realidad económica que nos rodea, podemos deducir que estamos a las puertas de un nuevo Renacimiento cultural, por más que muchos hubiéramos preferido un poco más de tranquilidad y conformarnos, a cambio, con el reloj de cuco.

Lo cierto es que puede haber sucedáneos de cualquier cosa. Una vez me compré en Paraguay un Rolex por tres dólares. Estaba yo tan contento admirando mi nueva adquisición, cuando se me acercó un turista para explicarme que me habían timado, ya que más abajo él había comprado un reloj igual que el mío solo por un dólar. No se. Yo creo que el suyo no era un Rolex auténtico. Los sucedáneos de Chemise Lacoste se identifican porque tienen el cocodrilo más grande (o más pequeño, ya no me acuerdo). En estos casos, más que de sucedáneos, se habla de imitaciones o de falsificaciones. Hace años leí la noticia de que los propietarios de una tienda en Almería, procesados por la venta de ropa falsificada, habían sido absueltos ya que las falsificaciones que vendían eran tan malas que no se podía considerar que hubiera timo; y es que a veces un trabajo mal hecho tiene también su recompensa. En el deporte también nos encontramos con algún caso. A mí, qué quieren que les diga, la Formula 1 y las carreras de motos siempre me han parecido sucedáneos de deportes, por más que sea en el bloque deportivo de los telediarios donde nos informen de los piques existentes entre Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa o de la posición que ocupará Fernando Alonso en la parrilla de salida del próximo gran premio. A veces el sucedáneo no es el deporte en sí, sino el deportista o el equipo, como un sucedáneo de equipo de fútbol que juega en la liga española y del que no voy a decir su nombre para que no se enfaden conmigo los aficionados colchoneros.

En la televisión se pueden a todas horas sucedáneos de programas informativos, en los que prima la opinión sobre la noticia. En las páginas web de los periódicos, las noticias poco a poco están dejando también de tener cabida para ser sustituidas por comentarios (los cuales tienen como objetivo provocar más comentarios de los lectores; cuantos más, mejor) o por encuestas online: “¿cree usted que Zara debería abrir una nueva tienda en los Campos Elíseos de París?”, o “¿hace bien Sienna Miller en perdonarle a Jude Law sus infidelidades?” Y yo qué se.

Los aficionados a la fiesta nacional dicen que es frecuente ver salir de chiqueros a sucedáneos de toros que serán lidiados por sucedáneos de toreros. En estos casos no se habla de falsificación, sino que se utiliza como sinónimo el término “descafeinado”: “estocada corta, trasera, tendida y caída de Salvador Cortés a un victorino descafeinado.” También resultan descafeinados el Festival de Eurovisión y los debates que realizan los candidatos en las campañas electorales, aunque solo cuando lo que se dice en dichos debates carece de interés para los ciudadanos, es decir, casi siempre. Con los sucedáneos de políticos ocurre lo mismo que con la penicilina de Harry Lime: son perjudiciales para la salud. Los españoles parecen estar divididos entre los que piensan que tenemos un sucedáneo de Presidente de Gobierno que lidera un partido descafeinado, y los que opinan que en la oposición hay un aprendiz de líder que, además de ser incoloro, inodoro e insípido, preside un partido político que sabe a malta tostada. Últimamente abundan también los que piensan que ambas cosas son ciertas.

En el mundo del espectáculo también ha habido muchos sucedáneos. Se decía que Mireille Mathieu era un sucedáneo de Edith Piaf y que Conchita Márquez Piquer lo era de su madre, Doña Concha. Engelbert Humperdinck imitaba a Tom Jones. Los Monkees imitaban a Los Beatles y Los Archies a Los Monkees, salvo por el pequeño detalle de que eran un grupo de dibujos animados. Pero daba igual, su canción “Sugar, sugar” molaba un montón. En España trabajó durante algunos años un presunto cómico chileno llamado Bigote Arrocet, que en realidad era un sucedáneo de Cantiflas, como si no hubiésemos tenido suficiente con el original. Billy Wilder fue considerado durante un tiempo un imitador de Ernst Lubitsch. El propio Wilder alentaba la leyenda contando que en su despacho colgaba un cartel en el que se podía leer: “¿Cómo lo haría Lubitsch?”. Me parece muy bien. Uno puede también demostrar su talento escogiendo a sus modelos. Si eres director de cine y quieres resolver una escena, nada mejor que preguntarte cómo lo haría Lubitsch. Cada vez que un director rueda una película de suspense se habla del “nuevo Hitchcock”, pero no son más que trucos publicitarios para acercar al público a la taquilla. Ojalá el cine actual estuviera lleno de nuevos Hitchcock, de nuevos Wilder y de nuevos Ford. También se ha dicho que Kevin Costner es un sucedáneo de Gary Cooper y que George Clooney lo es de Clark Gable. Yo no estoy de acuerdo con esto, ya que, como todo el mundo sabe, el único sucedáneo de Clark Gable es un conejo que se llama Bugs Bunny: “¿Qué hay de nuevo, viejo?”

En los dibujos animados podemos encontrarnos otros casos de sucedáneos: el cerdito Porky estaba basado en Oliver Hardy y el Gallo Claudio (“Oye hijo, digo hijo, digo hijo”) en un senador norteamericano que no conozco, pero al que debía de ser tronchante escucharle soltar un discurso. A veces es la realidad la que imita al arte: fíjense ustedes con atención y se darán cuenta que Álvarez Cascos es en realidad una mala imitación de Pedro Picapiedra.

Uno de mis sucedáneos animados favorito es Betty Boop, personaje creado por Max Fleischer con el rostro y la voz de Helen Kane, la popular interprete de canciones tan maravillosas como “I wanna be loved by you” (canción que seguramente podremos escuchar en el paraíso, cantada por una joven Marilyn, vestida con el traje que llevaba en “Con faldas y a lo loco”) y “Button up your overcoat”, que, por si no lo saben ustedes, les diré que es la canción que interpreta Susan Sarandon en “Primera plana”, película que me gusta más cada vez que la veo. En el cine los sucedáneos se llaman remakes. Alguien definió el remake como “hacer mal aquello que hizo bien otro antes que tú”. La mayoría de las veces es cierto, pero en esta ocasión no lo es. Esta vez Wilder hizo de maravilla algo que Hawks ya había hecho de maravilla antes. En “Primera plana” están Jack Lemmon, Walter Matthau y una jovencísima Susan Sarandon cantando al piano:

“Button up your overcoat,
When the wind is free,
Oh, take good care of yourself,
You belong to me!

Eat an apple every day,
Get to bed by three,
Oh, take good care of yourself,
You belong to me!”

Pero si nos ponemos ahora a hablar de remakes, nos pueden dar las tantas. No pensaba que el tema de los sucedáneos diera para tanto, así que punto final. Y para terminar este sucedáneo de artículo, nada mejor que escuchar a
Betty Boop y a Marilyn . Que lo disfruten.