
El sumiller se indignó, el cliente no sólo elegía un tinto, ¡Un rioja ni más ni menos! Con cara agria, recogió la carta de vinos y lo sirvió en la mesa con una mueca de desdén y el más absoluto de sus desprecios. “No sé para qué me molesto”, pensó.
En realidad la mayoría de los restaurantes se molestan poco, un montón de riojas, unos cuantos riberas del duero y tres albariños de esos que le suenan a todo el mundo. Si el señor tiene pinta de ser exigente, un gran reserva, que como todo el mundo sabe es mejor que un reserva e infinitamente superior a un crianza. Las cartas, simplemente reflejan una realidad sociológica, en España lo que gusta es el Rioja y a ser posible con mucha madera, García Carrión lo sabe y por eso vende mucho. La mayoría de vosotros, los más curiosos, los que en casa abrís champanes y burdeos con frecuencia, cuando os sentéis con vuestra familia en la noche del fin de año, os tomaréis con suerte un vino nacional correcto.
Los más optimistas piensan que no, que en realidad es que la gente no ha probado otras cosas. El mensaje –bienintencionado- me recuerda, por el lado más esnob, a María Antonieta que, a falta de pan, pidió que repartieran pasteles. Porque el vino es una afición cara, apreciar un buen vino es algo que requiere de tiempo, de paciencia y, llegado el momento, de dinero. Es cierto que se puede beber un buen vino –por Dios, no utilicéis la palabra caldo-, por menos de 20 euros, pero también es cierto que son una minoría de ellos y en casi todos los casos serán nacionales. Acceder a la Borgoña o a Burdeos a un precio razonable es cuestión complicada.
Este año veréis en algunos medios de comunicación y sitios web con más o menos prestigio, las listas de “los mejores vinos que me he tomado este año”. No, no aparecerán vinos de diez euros, ni de quince, la mayoría superarán ese límite mágico de los treinta euros. Serán caros, serán difíciles de encontrar y serán exclusivos, muy exclusivos.
Y no es un problema de información, que cada vez es más abundante, internet se ha convertido en un maremagnum donde lo difícil no es encontrar referencias sobre un vino, sino descartar las informaciones que no tienen excesivo criterio; abundan por desgracia las notas de cata que en tres líneas definen un vino. Sin embargo, dudo de que este sobreexceso de referencias atraiga a más gente a este mundo. En otras palabras, la enología es, por una cuestión meramente económica, un mundo endogámico.
Algún que otro sumiller agriará su gesto –¡Ay cuánto exceso de esnobismo y falta de humildad hay en este mundo!-, pero el cliente se sentirá cómodo y se beberá su riojita, con sus sabores a establo, tan justito de fruta y de acidez. Y si el cliente no le pregunta, ni responde a las sugerencias, el sumiller ha de sentirse feliz cuando le sirva ese marqués o barón, porque el cliente, estará satisfecho.
El vino que más se vende en España es el Lambrusco y, esto, no es un problema, es una realidad.
Cuadro que ilustra: Glass of Red Wine, de Elin Pendleton


