
Hace unos días encendí la tele y me encontré con Karlos Arguiñano asando un costillar de cordero de Palencia con jugo de piña. ¡Qué rico! Llevaba mucho tiempo sin verle la barba ni el gorro ni el perejil, y me gustó mucho encontrarme de nuevo con un programa que lleva más de dieciocho años emitiéndose ininterrumpidamente en distintos canales de televisión. ¡Dieciocho años!, se dice pronto. Y parece que todo sigue igual de bien que siempre. En una época en la que se valora lo actual y lo inmediato por encima de todo, resulta difícil pensar en algo que se mantenga inalterado desde hace más de dieciocho años. A mí se me ocurren muy pocas cosas. Así de pronto, una batería de cocina de acero inoxidable, el tatuaje de una mariposa, los ojos de Michelle Pfeiffer o el cuerpo fibroso y delgado de Mick Jagger bailando y brincando en el escenario durante un concierto de los Rolling Stones.
De las baterías de cocina tengo poco que comentar, salvo que en la mía, después de veinte años, siguen sin agarrase los fondos y que ya querría yo que mis sartenes siguiesen su ejemplo. De los otros temas sí que se me ocurren algunas cosas, incluso relacionadas entre sí, como, por ejemplo, que un lejano día del verano de 1.990 (el mismo en el que Michel, al grito de “¡me lo merezco, me lo merezco!”, le marcó el solito tres goles a Corea del Sur en un partido del Mundial de Italia) unos cuantos amigos nos fuimos por la tarde a un cine de la calle Fuencarral a ver una película llamada “Los fabulosos Baker boys”, interpretada por el siempre magnífico Jeff Bridges y por una pletórica Michelle Pfeiffer, tan guapa como siempre pero, en esta película, mejor actriz que nunca y que, al acabar, salimos pitando hacia un concierto donde teníamos una cita con el diablo: “pleased to meet you, hope you guess my name…”

Y es que la influencia de “la mejor banda de rock and roll del mundo” siempre ha sido enorme, tanto en el mundo de la música (recordemos que su imagen de “chicos malos” ha sido imitada por todos los aspirantes a estrellas del rock) como fuera de él, de modo que bastó la publicación de un álbum de los Rolling con ese título y con la foto en su portada de un Mick Jagger tatuado hasta las cejas para que los jóvenes de medio mundo comenzaran a acudir en masa a los salones de tatuaje que empezaban a proliferar en todas las ciudades. Esta reivindicación del tatuaje ha sido ratificada años después por las reinas del pop juvenil y por los jugadores de la NBA, cuyo ejemplo ha vuelto a convencer de nuevo a miles de jóvenes, los cuales llenan su cuerpo de dibujos y de agujeros con la misma naturalidad con la que usan el móvil o enseñan su ropa interior de Calvin Klein.
Hasta entonces, sobre todo en el mundo occidental, los tatuajes gozaban de muy mala fama, posiblemente porque se asociaban con esas marcas que se realizan con hierro candente para identificar al ganado o con la brutalidad de los nazis, que los utilizaron para marcar números en los brazos de los prisioneros que encerraban en los campos de concentración y de exterminio durante los años de la II Guerra Mundial. En suma, se consideraba a los tatuajes como algo relacionado con lo marginal, más propio de animales, de criminales y de gentes de mal vivir, de modo que su uso constituía una práctica exótica que quedaba restringida a las prostitutas, a los presidiarios y a los marineros que volvían de sus viajes por las lejanas islas del Pacífico.
Los presos fueron unos de los primeros colectivos que comenzaron a usar tatuajes, quizás como medio de manifestar su rebeldía al resto de la sociedad. Se tatúan figuras religiosas, calaveras, puñales, manos esposadas, coronas de espinas que rodean el brazo, puntos negros en cada uno de los dedos de la mano, motivos sexuales o frases como “amor de madre”. En ciertas organizaciones criminales, los tatuajes constituyen una especie de carta de presentación que indica los años que han pasado en la cárcel, su rango dentro de la organización e, incluso, su orientación sexual. Los marineros, o bien seguían el ejemplo de Popeye y se tatuaban un ancla en el antebrazo, o bien se dibujaban en el pecho un corazón herido por una flecha y en el brazo el nombre de una mujer hermosa de la que alguna vez habían estado enamorados y de la que ahora guardan un recuerdo idealizado. Así lo cantaba Concha Piquer en “Tatuaje”, la tonadilla de Rafael de León:

lo encontré en el puerto un anochecer,
cuando el blanco faro sobre los veleros,
su beso de plata dejaba caer.
Era hermoso y rubio como la cerveza,
el pecho tatuado con un corazón,
en su voz amarga, había la tristeza
doliente y cansada del acordeón.
Mira mi brazo tatuado con este nombre de mujer, es el recuerdo de un pasado que nunca más ha de volver.
¡Hermoso y rubio como la cerveza! Lo que de verdad es hermosa y rubia es la comparación. Y es que me encantan estas coplas que cantaba mi abuela mientras tendía la ropa recién lavada. Canciones capaces de explicar una historia en tres minutos con más intensidad y precisión que muchas novelas de trescientas páginas: “El relicario”, “La bien pagá”, “Romance de la Reina Mercedes”, “En tierra extraña”, “Antonio Vargas Heredia”, “La zarzamora”… Pedazos de cultura popular, canciones argumentales, dramáticas, sentimentales, sensibleras, de rompe y rasga, canciones populares que guardan en sus letras grandes enseñanzas morales:
“Eres tan hermosa como el firmamento, lástima que tengas malos pensamientos.”
o
“María de la O, que desgraciadita gitana tú eres teniéndolo to.
Te quieres reír y hasta los ojitos los tienes moraos de tanto sufrir”
En el cine, no recuerdo muchas películas en las que los tatuajes desempeñen un papel importante pero algunas sí, veamos: “Memento”, una extraña película dirigida por Christopher Nolan en la que el protagonista, un detective que a causa de un golpe en la cabeza olvida las cosas a los pocos minutos de ocurrir, se tatúa mensajes en el cuerpo para poder investigar el asesinato de su esposa; “Promesas del Este”, con esa gran escena de los baños públicos en la que Viggo Mortensen muestra su cuerpo desnudo poblado de tatuajes, tal y como corresponde a un miembro destacado de la mafia rusa; la espalda de Robert de Niro en la que aparece tatuada una enorme balanza en “El cabo del miedo” y, por encima de todo, los dedos más famosos del cine: los dedos de Mitchum (si os apetece, buscad la foto en el post “El sello del malo” publicado en este mismo blog el pasado 10 de agosto.)

Si alguna vez me da por ponerme un tatuaje (nunca digas nunca jamás) creo que, al escoger el motivo, dudaría entre un halcón herido que tuviese los ojos de Michelle Pfeiffer, unos labios burlones de los que salga una lengua roja para formar el logotipo más famoso del mundo, una peineta adornada con un clavel o una ramita de perejil. Fijaos: costillar de cordero asado con jugo de piña. ¡Pues claro que sí, Arguiñano! Me pongo a ello.
Hasta mañana queridas amigas, queridos amigos y queridas familias. Os esperaremos aquí con otro plato rico, rico y con fundamento.