
Los viernes voy al trabajo en transporte público. Les digo esto por dos motivos: primero porque creo que este dato tiene relación con lo que les estoy contando y, segundo, para darles a ustedes pena. Darles pena porque vivo muy lejos del curro, y esto me obliga a despertarme los viernes tres cuartos de hora antes de mi horario habitual, rompiendo así mis hábitos del sueño. Y por si fuera poco castigo el madrugón, lo normal es que me toque hacer el trayecto de pie, ya que a que a esas horas siempre hay en el tren muchos más viajeros que asientos y mi modorra matutina me priva de la agilidad necesaria para anticiparme a todos aquellos compañeros de viaje que, aunque caigan rendidos a las once de la noche y se duerman en el teatro oyendo las canciones de “Los Miserables”, por las mañanas son capaces de abalanzarse sobre los asientos libres como si fuesen fieras a la caza de su presa. Son disómnicos por el día, como “Belle de Jour”, e hipersómnicos por la noche, cual monjitas de clausura, por lo que un eritropoyésico, como yo, no está preparado para luchar contra ellos por un asiento a primeras horas de la mañana.

Los miserables siempre hemos querido que las cosas cambien. Le hacíamos los coros a Bob Dylan y cantábamos con él que los tiempos estaban cambiando, confiando en que las cosas pronto iban a mejorar. Éramos tan optimistas que pensábamos que los cambios solo podían ser sinónimo de mejoras. Los más piadosos encontraban consuelo en la oración y en el cumplimiento de los principios de la Iglesia; cuando correspondía aliviaban su mala conciencia echando veinte duros en el cepillo de la iglesia, apartándose de los placeres de la carne o mortificando sus cuerpos con un cilicio. Otros entregaban su vida a la causa del proletariado. Pero hoy día ya no cree en el futuro del marxismo ni el secretario general del Partido Comunista, y el rollo de la vida eterna no se lo traga ni Rouco Varela. No se esperan mejoras. Si acaso, los únicos cambios que podemos esperar de momento son las reformas destinadas a empeorar nuestra vida y a retrasar un poco el tiempo que falta para que se vaya al carajo todo este tinglado. Hoy los miserables (y ahora ya no hablo de personas sencillas e infelices, sino de gentes ambiciosas, perversas y mezquinas) se dedican a especular con las cosechas del sudeste asiático de la segunda mitad del siglo XXI, a advertirnos que tendremos que trabajar más y ganar menos, o a escribir artículos en los periódicos explicando los beneficios que el terremoto de Japón puede reportarle a los bolsillos de los inversores más espabilados. Una corriente aparece en el horizonte proclamando que los problemas del mundo se deben a la falta de valores, a los inmigrantes, a los impuestos, al uso del preservativo y al matrimonio homosexual. El Tea Party, Marine Le Pen y la Conferencia Episcopal. Vuelven el mundo, el demonio y la carne. La que nos espera.

Este tema siempre ha causado preocupación, incluso ha llegado a ocupar espacio en las letras de algunas famosas canciones de los grupos musicales más modernos e importantes de nuestro país. Y para que vean que aquí no nos inventamos nada y que traemos los temas bien documentados, les ponemos, a modo de ejemplo, un fragmento de una bonita canción de “Los Bravos” que se llama “Al ponerse el sol” y que aparecía en el LP de 1967 “Los chicos con las chicas”. Yo tenía el single (en realidad no era un single, era un tipo de disco de cuatro canciones que se llamaba EP, Extended Play); en la cara A “Los chicos con las chicas” y “Come when I call”, y en la cara B: “Al ponerse el sol” y “Bye, bye, baby”. Un disco muy recomendable. Ahora cantemos:
“Yo conocí una chiquita que era un caso especial
Pues de día las cosas le salían muy mal
Y he de confesar que a plena luz nunca estaba bien, eh, eh
Pero al ponerse el sol, Pero al ponerse el sol
Está como para parar un tren
Al ponerse el sol
Por la mañana, caminado, va arrastrando los pies
Despeinada y mal vestida, tú la ves
Y me preguntaba yo que cara podría tener
Pero al ponerse el sol,
Pero al ponerse el sol
Está como para parar un tren Al ponerse el sol”
Más claro, agua. A la chica de la canción, que evidentemente era eritropoyésica, se le revolucionaba el metabolismo al ponerse el sol. Es algo muy sabido. Por el día todo son disgustos y desamores, pero cuando las tinieblas dominan el mundo, las mujeres eritropoyésicas olvidan su malhumor, se suben a un coche y comienza el desenfreno. Ellas no son belle de jour. Son las reinas de la noche. Lo cantaba Tino Casal: “Stop, mi hada, estrella invitada victima del desamor sube al coche, reina de la noche y olvida tu malhumor” Mi amigo se despereza en su butaca. En el escenario los protagonistas de la obra viven de forma diferente los días previos a la revolución. Todos cantan a coro “One day more” y termina el primer acto. Yo vi por primera vez “Los Miserables” en Londres en el año 1992 y ya entonces me pareció una extraordinaria adaptación de una novela grandiosa que narra a lo largo de más de mil quinientas páginas las vidas de una serie de personajes durante los primeros años del siglo XIX. Es difícil condensar una obra tan extensa y tan compleja en un musical, pero los autores, en mi opinión, lo consiguen plenamente. La historia es interesantísima, pero además, la producción de Madrid ha incorporado una escenografía espectacular que supera claramente a la que pude ver en Londres hace ya casi veinte años. Los maravillosos decorados nos conducen, sin esperas ni tiempos muertos en los cambios a un barco de esclavos donde rema el recluso Jean Valjean, a una fábrica, a un prostíbulo donde la infortunada Fantine nos muestra su desesperación, a una sala en la que se celebra un juicio, a una taberna, a las barricadas en las que los revolucionarios se enfrentaron a las fuerzas del rey Carlos X durante la Revolución de Julio de 1830, a las cloacas de París, o a un puente donde se consuma el suicidio de Javert en uno de los momentos más espectaculares de la obra. Las canciones son hermosísimas. Algunas de ellas son tan populares que se puede decir, sin miedo a exagerar, que ya forman parte de la cultura popular de los últimos años. Aquí os traigo alguna de ellas para que paséis, si os apetece, un rato agradable escuchándolas:
I Dreamed A Dream
Master of the House
On my Own
One Day More
Hasta aquí todo bien, pero lo malo es que en Madrid estas preciosas canciones que acabáis de escuchar son interpretadas por un grupo de cantantes que hacen buenos a los concursantes menos dotados de Operación Triunfo. En el Barbican Theatre de Londres, al papel de Fantine lo interpretaba la maravillosa Ruthie Henshall: “I had a dream my life would be so different from this hell I’m living….” En Madrid lo hace una chica con voz de gato. También anda por allí nuestro representante en Eurovisión del año pasado, ese que cantaba “algo pequeñito, uo, uo, uo”. Aquí sí que los ingleses nos ganan por goleada. No se si esto se debe a que el casting lo hizo un sordo, o a que se le ha dado más importancia al físico de los actores que a sus condiciones vocales, o a que no hay más cera que la que arde. Esto último no lo creo. En cualquier caso, con estos intérpretes en escena solo se consigue que los disómnicos nocturnos nos pasemos la representación pensando en tonterías que luego vayamos a escribir en algún blog, mientras a nuestro lado dormitan placidamente los hipersómnicos.
Y terminada la crítica teatral, ya solo queda sitio para el comentario gastronómico, imprescindible en estos artículos. Ahí va. Como el horario de la función nos hizo imposible plantearnos una cena convencional en algún restaurante cercano, nos fuimos a MUI, que no es la mejor barra de Madrid ni de coña, pero que no está mal. A mí lo que más me gustó de todo lo que comimos fue la ración de torreznos con yema de huevo.