miércoles, 6 de octubre de 2010

El mar, la mar

Uno de los mayores retos de los cocineros de todas las épocas ha sido el cómo llevar el mar, o la mar, a la boca, no es empeño fácil en mi opinión.

Los franceses se han empeñado en engañarlo con todo tipo de salsas (sólo respetan esos sabores yodados en las ostras), los japoneses lo respetan (pero no lo cocinan), los ingleses lo cocinan (pero no lo aprecian), los griegos lo dedican al dios Helios (lo abrasan), los italianos lo venden bien (pero no se lo comen), los alemanes no sé lo que hacen (pero seguro que nada bueno).

Tal vez es un poco chauvinista por mi parte, pero afirmo con rotundidad que en la vieja Europa solo en España se ha tratado de llevar el mar a la boca con producto, cocinado y con acierto. Nosotros lo hemos conseguido a través del guiso, transformando la inigualable materia prima de nuestras costas gracias a nuestr@s cociner@s (licencia políticamente correcta muy justificada lo del @) y conjugando mar y tierra. Ésa es la clave.

El guiso marinero nunca es puro mar, es tierra también, que absorbe la esencia del azul profundo (licencia poética menos justificada). Lo del mar y montaña exclusivo de Cataluña es una falacia localista, el arroz, la patata, el pimentón, los fideos, el azafrán, el aceite, los ajos, los pimientos, etc… son montaña ¡leñe! Pero tenemos que elegir señores, éste, nuestro querido país, es plural y diverso y ni siquiera en este tema nos hemos puesto de acuerdo, cada autonomía lo ha conseguido a su manera, bueno, Extremadura no, siempre a la cola. ¡Que empiece la competición!

En Cataluña tenemos el suquet, guiso profundo, sabroso a más no poder, demasiado tal vez. El almidón y sobre todo la picada no ayudan a meter ese mar en las narices, para la avellana creo mejor destino la Nocilla. Guiso a revisar.

En Castilla destaco el guiso de congrio, plato de arrieros, que mata esa sutilidad marina a base de utilizar el mejor pimentón de España en cantidades industriales, el congrio merece un mayor respeto ya que en este caso el mar no solo nos ofrece su profundo sabor, su alma, sino también una textura inigualable. Guiso a aligerar.

En Navarra o La Rioja, tenemos el ajo arriero, plato de arrieros (obviamente), denunciemos que todo plato de pescado trashumante no debería entrar en el apartado de mar en la boca, ese salado concentra los sabores de pescados insípidos (Espeto estaría de acuerdo) en su estado natural, no es mar puro, es mar rancio lo que nos metemos en la boca. Bacalao salado fuera de la competición.

En el Levante podríamos tener grandes guisos marineros, pero su afición a promocionar la ñora, y sobre todo a mezclarlos con all i oli los relega a la penúltima posición, por delante de Extremadura. Descalificados.

Llegamos a Andalucía, lo tenemos todo, Mediterráneo, Atlántico, huerta, gusto, sensibilidad…..y colorante. Andalucía se me cae del concurso por dos razones: la primera porque teniéndolo al ladito desconocen el uso del azafrán, posiblemente porque conocen su precio, lo sustituyen por colorante Makro; nunca he probado un guiso de corvina y choco a la gaditana (plato triunfador sin duda), que no esté inundado por esos polvos. La segunda razón es el tiempo, el tiempo que dejan los guisos en la cazuela, el punto del producto no existe. A segunda directamente por maltrato.

Galicia seguro que pensáis que es caballo ganador ¿verdad?, pues no. La alargada mano de los arrieros llega hasta el finis terrae, el pimentón usado con generosidad acaba con las posibilidades de triunfo de la región con la mejor materia prima, lo de la montaña a veces perjudica, en este caso mucho. Siento dejar a la caldeirada fuera.

Asturias ve con ilusión la descalificación de su primo hermano, pero no, su propensión a mezclar las nécoras o los bogavantes con las fabes la deja fuera. El mar tiene que ser muy digestivo, tan fresco en la boca como en el estomago, medio kg. de fabes en la tripa no es mar, por mucho bugre que lleve. Asturias se tendrá que conformar con el triunfo de Fernando Alonso.

Llegamos al País Vasco y nos encontramos el marmitako, os veo señalándomelo como compendio de todas las virtudes marinas o de todos los defectos que he señalado anteriormente, pero no, ni me vais a convencer ni me vais a pillar. En el País Vasco hay otro guiso de mar que se abre paso en la competición, que refleja como ninguno el yodo, el frescor, la fuerza, la sutileza, el equilibrio del mar y el variado aporte de la tierra, el mejor, ¡the winner!... el ARROZ CON ALMEJAS.

En una cazuela de barro calentamos suavemente un aceite de oliva 0,4º (tierra dulce), doramos un mínimo de ajo picado y aliento de guindilla (tierra punzante) y rehogamos un puñado de arroz (tierra absorbente), mojamos con un fumet de cabeza de rape (mar fresco) y que hierva 11 minutos, incorporamos las almejas (mar, sin mas), otros cinco minutos a fuego suave y perejil (tierra fresca) picado mientras reposa”… el ganador.

Sé que he pisado muchos callos y herido sensibilidades, creedme si os digo que todos los guisos reseñados me entusiasman, de veras, pero la labor de juez es difícil, tenía que decidirme. No sé bien cómo explicar mi decisión, creo que mejor dejo en manos de Pedro Salinas el que entendáis por qué éste y no otro.

Si no es el mar, sí es su imagen,
su estampa, vuelta, en el cielo.
Si no es el mar, sí es su voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.
Si no es el mar, sí es su nombre
es un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabra que ésta:
mar.
Si no es el mar, sí es su idea
de fuego, insondable, limpia;
y yo,
ardiendo, ahogándome en ella


Y si no es suficiente con esto, Charles Trénet también me echa una mano:


¡BON APPÉTIT MES AMIS¡




Cuadro que ilustra: El puerto de Kaminia de Jean Claude Quilici.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Tórtola en dos cocciones


Una de mis tiendas favoritas en Madrid es Hermanos Gómez, en el mercado de Chamartín. Quizá por lo difícil que es ver tenderos agradables y con profesión a las espaldas, o por la exposición de aves francesas que luce en su escaparate -normalmente del jueves en adelante, pues en Madrid el domingo es día de pollo familiar-, siempre que piso el mercado de la calle Potosí me paso, aunque sólo sea a admirar su producto: pollos y pulardas de las Landas, capones gallegos o de Bresse, caza variada. De finales de agosto en adelante, se añade el hecho de que empiezan a llegar las primeras piezas de la media veda; concretamente en Madrid, en el año 2010, se pudieron cazar desde el 19 de agosto y hasta el 12 de septiembre, tórtolas, paloma torcaz y bravía, codorniz, urraca, estornino pinto y zorro. De todos ellos me quedo con la tórtola común -Streptopelia turtur arenicola-, una especie de paloma pequeñita, en mi opinión de sabor y textura más fina que su hermana mayor.

Por desgracia por España pasa cada vez menos tórtola. Los expertos hablan de varias hipótesis: modificación en sus hábitos migratorios debido a la disminución de terreno cultivado de cereal, uso de herbicidas, uso de cebos para su caza masiva o la presencia de las tórtolas turcas, una especie sedentaria e incompatible con la especie nativa; razones que, en mayor o menor medida, explican la escasez o degradación en la calidad de otras aves, sin ir más lejos la perdiz o la becada.


Tan tierna como es apenas necesita maduración -desde luego nunca un faisandé como el que se le aplica a la becada-, quizá su preparación más popular sea en un arroz caldoso, como la paloma. Sin embargo, dado que tiene una carne muy fina y sabrosa, se me ocurre que una preparación en dos cocciones, a la manera del pichón, puede ser adecuada. Pertrechados con nuestro cuchillo cebollero favorito despiezaremos la tórtola sacando las patas y los muslos y guardando la carcasa, las alitas y el cuello -todo aquello que no vayamos a comer-. Tostaremos a fuego fuerte en un poco de aceite de oliva los despojos y cuando veamos que el fondo de la olla empieza a coger color, añadiremos cebolla, zanahoria y un par de dientes de ajo, cortados groseramente, sin demasiado cuidado. Removeremos de tanto en tanto la verdura y cuando consideremos que el tostado es suficiente, añadiremos agua hasta cubrirlo todo, desglasando cualquier pegote pegado a la olla. En cuanto empiece a borbotear, bajaremos el fuego y dejaremos que el fondo oscuro vaya chupando los sabores a ritmo de chupchup. ¿Cuánto tiempo? tanto como queráis; si Horcher utiliza una prensa para extraer los jugos de las perdices, nosotros destilaremos la tórtola con fuego y tiempo. Tres horas pueden ser suficientes para extraer el 99% de la sustancia de los huesos, aunque recientemente he probado una cocción extremadamente larga, en la que literalmente se destintegraba la carcasa de un pichón en el caldo.

Una vez tengamos nuestro consomé de ave, colándolo y limpiándolo de impurezas con mimo, lo reduciremos con fiereza. Nada menos que a una cucharada sopera por cada tórtola. Será en este proceso de reducción cuando iremos añadiendo un poco de pimienta, una cucharada sopera de brandy y otra de vino. En los fondos extremadamente concentrados cualquier exceso desequilibra el resultado: así el vino le dará color y acidez y el brandy dulzor. El duzor puede que haga más agradable la acidez, pero en ningún caso la compensa. Añadiremos la sal en el último momento sólo si lo consideramos necesario, pero puede que el resultado sea ya muy sabroso. Conseguir una reducción equilibrada en la que lo que prime sea el sabor del animal - como en ese maravilloso extracto esencial con el que Joan Roca acompaña su plato de gamba roja- no es sencillo, así que mejor pecar por defecto que por exceso.

Finalmente modificaremos la textura del jugo con una puntita de mantequilla -apenas nada-, que también le aportará brillantez y en una plancha a fuego muy fuerte, con una gota de aceite, pasaremos las pechugas y los muslos de la tórtola, las primeras por el lado de la piel y los muslos por ambos lados. Estos, los habremos tenido cociendo en el caldo durante dos o tres minutos para conseguir que la carne se despegue fácilmente del hueso. Conviene dejar la carne de las pechugas roja pero templada, 45 grados en el corazón de la pechuga puede ser una buena guía, pero si os apetece que la cocción sea uniforme, el horno es la solución.

Con la caza normalmente elijo vinos con mucho tiempo en botella; Burdeos o Riojas con cuero y cuerpo suficiente como para competir con la carne. Sin embargo tampoco me disgustan los vinos frescos y con acidez. Es el caso de La Bruja avería, proyecto personal del Comando G -Fernando García de Bodegas Marañones, Daniel Gómez Jiménez Landi de Bodegas Jiménez Landi y Marc Isart Bodegas de Bernaveleva-, una garnacha de la sierra de Gredos -en concreto de Cadalso de los Vidrios- que en su primera añada, la del 2009, sale ligera y afrancesada, se bebe con alegría. Los menos de diez euros que cuesta, también arrancan mi sonrisa.

"El paisaje puesto en el plato" (Josep Pla), un buen aperitivo hasta lleguen las primeras piezas de caza menor, con la apertura de veda que que comenzará la segunda semana de octubre. Ya falta poco.

Foto que ilustra: torpe preparación casera.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Trece tomates


Artículo de Don Antonio de Quintero-León y Quiroga publicado en “The Cádiz Times” el pasado día trece de septiembre de los corrientes. El artículo habla sobre la vida y la obra de Juan Alberto Smith Montoya, bandolero, poeta y gourmet gaditano que se convirtió en la pesadilla de los nobles y de los viajeros que transitaban por los caminos de la provincia de Cádiz a principios del siglo pasado. Por su indudable interés, una vez obtenidos los correspondientes permisos, lo reproducimos aquí, en nuestro blog amigo:


Anécdotas del bandolerismo andaluz
Antonio de Quintero-León y Quiroga
CÁDIZ

En los próximos días se cumple el septuagésimo quinto aniversario de la muerte del bandolero gaditano Juan Alberto Smith Montoya, “El Dillinger de la Isla”, quien fue abatido a tiros en un enfrentamiento con la Guardia Civil, que tuvo lugar cuando salía del cine “Alameda”, sito en la localidad gaditana de San Fernando, después de asistir a la proyección de la película “El enemigo público número uno”.

Huérfano de padre y madre desde muy temprana edad, fue educado por su padrino de bautismo Don Vicento de Carranza y Salazar, aristócrata gaditano, generoso mecenas impulsor de la carrera de muchos artistas, y fundador y primer presidente de la peña “Ese cadi oe”, muy arraigada en nuestra ciudad. Don Vicento, pariente lejano del alcalde gaditano al que debe su nombre el estadio del Cádiz C. de F., fue siempre un hombre muy atareado y de muchas ocupaciones, por lo que no tuvo tiempo de darle suficiente atención y cariño al pequeño Juan Alberto, hecho que algunos historiadores citan como causa de ese carácter bravucón y pendenciero que le llevó a apartarse de la senda de la ley e iniciarse en actividades delictivas. Sin embargo la mayoría de las fuentes consultadas por este cronista, se inclinan por considerar que el verdadero motivo de que su vida se torciera de mala manera, fue el desengaño amoroso que le causó la infidelidad de su primera novia, Rosita “La Guapa” (no confundir con su prima Lola, que con el mismo apodo, abrió un puesto de churros junto a la Plaza de Abastos, puesto que a día de hoy no sólo se mantiene abierto a todas horas, sino que cuenta además con una exitosa sucursal en la ciudad de Londres, muy cerca del Circo de Picadilly) y citan como prueba la letra de esta copla atribuida al propio Smith Montoya:

¡Qué malas son las mujeres
Virgencita del Perdón!
tú les regalas claveles
y ellas en vez de quererte
te parten el corazón.

Sean la razones éstas o aquéllas, el caso es que Smith Montoya, gran aficionado a los ostiones de estero, comenzó su carrera delictiva como contrabandista de lamelibranquios junto a una bailaora conocida como María “La Amamoná”, a la sazón, manceba del bandolero. La pareja gozó en vida de gran popularidad, debido en parte a su habilidad para burlar las emboscadas que con insistencia les tendían los agentes encargados de salvaguardar el orden público, pero también por sus cualidades como artistas, bailaora ella y poeta él, autor de cientos de poemas (muchos de ellos relacionados con su otra gran pasión: la gastronomía) que se transmitían de boca a boca y que tuvieron mucha aceptación entre la población local.

Con motivo de la celebración del aniversario de su muerte, la editorial Canaya acaba de publicar un libro que bajo el título de “Pucherito de habichuelas y otros poemas. Antología Poética de Juan Alberto Smith Montoya”, recoge las obras completas del célebre bandolero. Desde aquí, saludamos con entusiasmo una iniciativa que contribuirá, sin duda, a rescatar del olvido su figura entre los modernos aficionados a la literatura, y a ver si de paso se enteran los americanos (que están todo el día hablando de Bonnie y Clyde y de otros facinerosos) que en este modesto rincón de nuestra querida España también tenemos forajidos de leyenda, cuyas historias merecen ser recordadas.

A modo de primicia, publicamos hoy el soneto “Trece tomates dicen que es gazpacho”, correspondiente al periodo en el que el poeta abandona definitivamente los postulados del movimiento romántico y comienza a abrazar las tendencias del realismo. En este soneto Smith Montoya, a pesar de la opresión que le provoca el rígido corsé del endecasílabo, culmina una bellísima recreación lírica del que posiblemente sea el plato más popular de nuestra tierra. Pasen, lean y buen provecho:

Un gazpacho me manda hacer Vicento
para cenarlo fresco en el despacho.
Trece tomates dicen que es gazpacho,
si percibo su olor, ya estoy contento.

Ya vienen la cebolla y el pimiento,
rojo, verde, amarillo, sólo un cacho.
Del gusto del vinagre no me empacho,
que es perfume de aliño suculento.

Cordobesa, picuda la aceituna,
proviene de un olivo que refleja
la palidez serena de la luna.

Colada del tomate la pelleja,
Sin huella de pepino, inoportuna,
no quedará una gota en la bandeja.”



Por la transcripción: Los Amigos de Ligasalsas.