
He reconocido las señales, el aire cálido a las 8 de la mañana, las minifaldas y los puestos de helado que, amanecen en cualquier esquina de un día para otro. Florecen terrazas aparcadas al lado del cemento llenas de madrileños que no desprecian una buena calle para plantar sus reales. Donde en la costa se oye el rumor del mar, aquí manda el rugido de los coches; en lugar del moreno suave del sol que refleja en la arena, nosotros usamos palidez en la cara, transporte público, esfuerzo y día a día.
El verano aplaca el apetito, no es sencillo hacer hambre, se aparcan los cocidos y las fabadas durante meses, son platos que piden frío y tiempo en la cocina; ya se deseperezarán en el otoño cuando el cuerpo pida grasa y pimentón. No, ahora no, buscamos el alivio que contraste el calor, es el momento del frío en la piel, de la piel, del vinagre, el momento del vino agrio.
Sorprende la sofisticación a la que se ha llegado en España en materia de aceites sin apenas correspondencia con el vinagre. Pensad por un segundo en cuántos vinagres conocéis, marcas y tipos, comparadlo con la oferta de aceites que, incluso, en el supermercado más modesto podéis encontrar. El ácido ataca las agallas de un crochet, abre el hambre, pide más; se ha puesto de moda casi de manera inconsciente entre los enófilos que piden vinos frescos, de paso fácil, gustan entre los aficionados los vinos ácidos.
El vinagre debió nacer de dos despistes, dos fermentaciones, del primero nació el vino, la fermentación alcohólica; en el segundo se debieron dejar olvidad el vino en algún sitio y la presencia del oxígeno, conviertió el alcohol en ácido acético. Por supuesto hay mil alcoholes que se pueden convertir en vinagre, desde el más básico -vinagre blanco-, hasta el más noble que bien podría ser el de jerez. Cada uno tiene sus usos, si el vinagre es vulgar podría bien para hacer unas banderillas -pepinillo, aceituna y boquerón-, si es manzana, quizá uno quiera macerar un pescado para hacerse un escabechado, si es de módena, dulce y almendrado, podría valer para aliñarnos una ensalada verde. No es lo mismo aliñar una perdiz que un jurel y ahí, en fin, está el talento y gourmetismo del autor, para distinguir que el uno sólo es un escalofrío helado y el otro lleva almendras, oxidación y una civilización entera en sus venas.
Entre ellos hay un caso excepcional: el vinagre de Módena. Me preguntaréis por qué si hoy por hoy cualquier mindundi adorna con una reducción de esta versión hasta una tortilla de patatas. Pues bien, porque hay una versión exquisita, exclusiva, cara y maravillosa del líquido. El vinagre de Módena tradicional -repito, tradizionale- no debe ser jamás parte de una receta si no es en una cuchara cuidadosamente apartada para distinguirse de la plebe. Carlos Torres, propietario y cocinero de La Buena Vida, tuvo a bien darme otra clase más de cocina, esta vez en su especialidad, el producto.
Cada golpe de vinagre bien acabado deja la firma en el libro de visitas de mi memoria. El del Maruja Limón con su escabeche de jurel y fresas, el del muslo de pavo en el Támara Casa-Lorenzo, el de bonito de Piñera, la ensalada de perdiz escabechada del Figón del Huécar. Abre mi apetito, macera mi memoria.