
De Roma era Popea, una de mis romanas favoritas desde que me contaron de niño que se bañaba en leche de burra, lo cual me parecía una extravagancia de lo más pringosa, aunque con cierto toque fascinante y enigmático, ignorante como era yo entonces de las cualidades cosméticas del producto y de su popularidad entre las mujeres nobles de la antigüedad que no dudaban en sumergirse en leche mezclada con miel para regenerar la piel y retrasar el envejecimiento. Quizás el recuerdo de Popea influyó en el hecho de que siempre incluyera pastillas de leche de burra en la lista de la compra del puesto de pipas y caramelos que estaba enfrente de mi colegio, donde por cinco pesetas entraba de lleno en un mundo maravilloso de golosinas, de caramelos sacis, de chicles bazooka joe, de toffes que se te pegaban en las muelas, de discos de regaliz rojos y negros con un caramelito en el centro y de pastillas de leche de burra, que no serían buenos nutrientes pero que me ayudaban a sobrellevar con cierta dulzura las clases de catecismo, de religión, de historia sagrada y de formación del espíritu nacional. Mi admiración por Popea se incrementó cuando vi por primera vez “Quo Vadis” en el cine Real Cinema de la Plaza de Ópera de Madrid y me encontré con dos películas. Una muy divertida en la que aparece cantando un Nerón loco y aburrido (¡qué bien lo hizo Peter Ustinov!), Petronio adulándole burlonamente (¡qué bien lo hizo Leo Genn!) y Popea, en la piel de Patricia Laffan, intrigante y coqueta, repartiendo miradas e intentando seducir sin éxito a un Marco Vinicio que ya había caído en el embrujo de la cristiana Ligia. La otra película, la que relata la evolución del propio Vinicio de galante conquistador a fervoroso cristiano, llena de historias de catacumbas y de santos, me pareció mucho más aburrida que las intrigas de palacio, a pesar de la siempre grata presencia de Deborah Kerr y de ese vestido delicado y sutil, azul, ligeramente transparente, con el que la visten para ser atada a un poste en el centro del circo romano.
De Popea me atraía también esa fama, muy merecida, por cierto, de mujer ambiciosa y sanguinaria que convenció al emperador para que matara a su madre y a su esposa, barbaridades que continuaban la línea trazada por Livia Drusilla, otra romana temible, esposa de Augusto, madre de Tiberio y Druso y asesina múltiple, capaz de desembarazarse de cualquiera, incluido su propio hijo, si constituía un obstáculo para alcanzar sus objetivos. Livia fue inmortalizada por la novela de Robert Graves “Yo, Claudio” y por la magnifica adaptación televisiva producida por la BBC que se emitió en España a finales de los años setenta. La serie tuvo un éxito enorme al que sin duda contribuyeron las magníficas interpretaciones de sus protagonistas, entre ellas la de Sian Phillips, ex esposa de Peter O’Toole, en el papel de Livia.
Dícese de la mujer natural de Roma, capital de Italia.

Y un recuerdo para otra de nuestras queridas romanas, Anna Magnani, muriendo bajo el fuego de las balas de los nazis en “Roma, ciudad abierta”.
Dícese de un ingenioso instrumento que sirve para pesar, compuesto de una palanca de brazos muy desiguales, con el fiel sobre el punto de apoyo.

Dícese de un modo de preparar los pescados que consiste en rebozarlos en harina y huevo para después freírlos.

Pero no sólo hay preparaciones de pescados a la romana. También de carne, como la saltimbocca a la romana, aunque en este caso la carne no está rebozada. Carvalho nos habla de ella:
“Tajada de carne, hoja de salvia, loncha de jamón y un mondadientes para unir los tres elementos y así hasta catorce cuerpecitos entablillados que debían freírse instantes antes de sentarse a la mesa….
- Tiene un toque de limón poco ortodoxo.
- Sobre el fondo que ha dejado la fritura echo el zumo de medio limón y luego vierto esta leve salsa caliente sobre la carne.
- Maravilloso, ocurrente, breve. Un plato mediterráneo y genial.
- Comida de putas, le llaman en Roma.
- ¿Por qué?
- Porque se hace enseguida.”
Dícese de una franquicia italiana de heladerías que acaba de abrir tiendas en Madrid.

Las direcciones en Madrid para visitar tan afamada heladería son, de momento, dos: Santa Engracia, 155, cerca de Cuatro Caminos y Avenida Olímpica, 26 en Alcobendas.
Información confidencial: La foto de la balanza romana ha sido tomada de una página web muy interesante sobre la cultura y tradiciones de Cepeda de la Mora, pueblo de la provincia de Ávila; la de la merluza a la romana confitada a 45º sobre pimientos asados y sopa de arroz del Portal de Echaurren ha sido “fusilada” del blog de Los Diletantes; la del helado se ha copiado de la página web de la propia heladería La Romana y la de Patricia Laffan, no me acuerdo, buscando imágenes en Google.
La foto de Sophia la tomé yo personalmente hace algunos años en un modesto alloggi del barrio de Sant’Angelo con una cámara Zenit, sistema Reflex, diafragma manual y selector de película ASA/500 (sobre este asunto me van a permitir que no diga ni una palabra más.)
Dícese también que podríamos terminar disfrutando de unos minutos con Dean Martin: Arrivederci Roma