
A la hora de valorar un restaurante, hay un factor al que no se le suele dar mucha importancia aunque yo creo que sí la tiene: la facilidad de llegar al mismo utilizando el transporte público. Todavía hoy se me ponen los pelos de punta recordando algún viaje en coche por estrechas y oscuras carreteras locales después de una cena bien regada con vinos y con licores. Por eso, para evitar que me vuelva a pasar algo parecido, llevo un tiempo intentando estrechar relaciones con aquellos conocidos que cumplan un triple requisito: ser aficionados a la buena mesa (dispuestos por tanto a gastarse de vez en cuando algo de pasta en un restaurante), ser abstemios y estar en posesión de un carné expedido por la Dirección General de Tráfico que les habilite para conducir vehículos automóviles. Pero mientras cultivo estas amistades y en espera de que florezcan, voy a prestar un poco más de atención a aquellos restaurantes que estén situados cerca de una parada de autobús, de una salida de metro o de una estación de tren.

Los trenes han sido siempre mi medio favorito de transporte, aunque reconozco que están perdiendo parte de su encanto a medida que van pareciéndose cada vez más a unos aviones sin alas. Pero en los barcos me mareo, qué le vamos a hacer, y no me apunto a un crucero así me lo ordene el Capitán Stubing. En los aviones siento una mezcla de aprensión, de claustrofobia y de miedo, y nunca he dejado de mirar con cierta envidia a aquellos pasajeros que son capaces de ponerse a ojear con indeferencia un periódico o una revista mientras los tripulantes de cabina nos explican donde se encuentran las salidas de emergencia. En barcos y aviones soy un compañero de viaje aburrido, incapaz de mantener una conversación que pueda ir más allá de un breve intercambio de frases. Tampoco disfruto de la comida, y no porque habitualmente ésta sea muy mala, que también, sino porque no se dan las circunstancias capaces de poner de acuerdo a mi estómago, mi paladar y mi cerebro. Jamás he hecho nuevos amigos en un avión ni en un barco y cuando embarco en ellos no tengo más deseo que desembarcar lo antes posible. Además me cuesta trabajo concentrarme en la lectura, por muy ligera que sea, o en la película que se exhibe; no puedo dormirme si no es por agotamiento y, desde luego, no creo que llegue nunca a formar parte de ese selecto club cuyos miembros se vanaglorian de haber hecho el amor alguna vez en un avión en pleno vuelo. Pero el tren es otra cosa. En el tren leo, como, duermo y hablo como una cotorra. En el tren me siento como en casa. Es el caballo de hierro.

Y ya que estamos, vamos a mantener la costumbre de hablar un poco de cine, sólo para comentar que la presencia del tren en las pantallas ha sido siempre más importante que la de cualquier otra máquina inventada por el hombre, con la única posible excepción de las pistolas, los rifles y las metralletas. Pero mientras que estas armas no han sido más que meras herramientas utilizadas por sus dueños para disparar contra sus enemigos, la mayoría de los trenes que han aparecido en el cine no se han conformado casi nunca con ser un simple escenario donde transcurre la acción y han querido ir más allá. Yo creo que muchos lo han conseguido, y aunque los miembros de la Academia de Hollywood todavía no se han dado cuenta, algunos trenes podían haber competido dignamente en la carrera anual del Oscar al mejor actor, por lo que no se sorprendan si empiezan a escuchar rumores que hablen de la posibilidad de establecer una categoría específica para premiar la mejor interpretación de los trenes que durante el año se hayan asomado a la gran pantalla.

Mientras que algunos trenes serán cabecera de cartel, otros, la mayoría, tendrán que conformarse con participar en la categoría de mejor tren de reparto, por haberse limitado a ofrecer una interpretación breve, aunque intensa y decisiva para el devenir de los acontecimientos que se narran en la película: trenes que nos muestran el paso del tiempo; trenes cómplices en romances o en asesinatos; trenes malvados y crueles que transportan a hombres, mujeres y niños hasta campos de exterminio; trenes hospitalarios que dan la bienvenida en sus vagones de carga a vagabundos que no tienen dinero para pagar el billete; trenes…
Si decíamos que en los aviones no se pueden hacer nuevos amigos, en los trenes, en cambio, sí que es posible. Por ejemplo, Peachy Carnehan y Rudyard Kipling, que se conocieron en un vagón de primera clase del tren de Marwar, antes de que el primero iniciase junto con su amigo Danny un viaje que les llevaría a convertirse en los reyes de Kafiristán. También es posible hacer nuevos enemigos. Que se lo pregunten al señor Lonnegan, quien todavía debe estar recordando esa partida de póker en la que le desplumó un timador de tres al cuarto que olía a ginebra y que era incapaz de pronunciar bien su nombre: “me llamo Lonnegan, Doyle Lonnegan, recuérdelo señor Shaw si no quiere que juguemos a otra clase de juego”; o pregúntenselo a un tenista profesional llamado Guy Haines, que en un tren se encontró con un extraño que de pronto dejó de hablar de asuntos triviales para proponerle un intercambio de asesinatos.

En las viejas películas, la imagen de un tren en marcha sobre la que se mostraba un periódico que giraba como un torbellino hasta que se detenía para mostrar los titulares, era un medio del que se servían muchos directores para contarle a los espectadores que los protagonistas estaban de gira por el país. También recuerdo que fue una humareda negra saliendo de la chimenea de un tren la que anunció la llegada del tío Charlie a Santa Rosa, al hogar familiar de su hermana, como si fuera el propio tren quien quisiera avisar a los vecinos del pueblo que el monstruo se acercaba y que, a partir de ese momento, todos (aunque más que nadie las viudas ricas) estaban en peligro; y que fue otro tren también quien protegió con uñas y dientes a Charlie, la sobrina, cuando estaba amenazada de muerte debido a la maldad de su tío. A nadie le extrañó que un tren parado en una vía de la estación de Chicago, a punto de salir para Florida, resoplara excitado y nervioso al percibir el contoneo de las caderas de una preciosa rubia platino que cantaba y tocaba el ukelele en una orquesta de señoritas y que, según comentaba acertadamente uno de los protagonistas de la película, tenía una manera de moverse que recordaba a la jalea de membrillo: “debe tener un motorcito o algo así….”

No nos sorprende que los trenes adquieran rasgos humanos en la pantalla porque hemos sido testigos de cómo uno de ellos intentaba apurar su salida hasta el último segundo para procurar que Ilsa Lund llegase a tiempo a la estación, a pesar del miedo que le debía provocar al propio tren y a todos los pasajeros la inminente llegada de los alemanes. Yo creo que el tren estaba intentando retrasar su salida porque no sabía aún que ella no iba a acudir a su cita, ni que le acababa de enviar una nota de despedida al hombre que la estaba esperando en el vestíbulo de la estación, el cual, después de leerla, arrugarla y arrojarla contra el andén, subió a regañadientes al vagón con la gabardina tan empapada como sus ojos, jurándose que, a partir de ese momento, su nacionalidad sería la de borracho y que jamás, jamás se volvería a jugar el cuello por nadie.

Hemos visto un tren libertino, largo y afilado, que se divierte penetrando en túneles oscuros y estrechos, como si quisiera indicarle el camino a seguir a un alto ejecutivo de publicidad que, huyendo de la policía y más perdido que Carracuca, tropieza en el interior de las tripas del tren con una rubia nada inocente que pasaba por allí y con la que terminará compartiendo truchas, besos y habitación, además de una excursión por el Monte Rushmore. O una pequeña locomotora enamorada y tierna, llamada “La General”, capaz de inspirarle tanto amor a su maquinista que consigue que éste desafíe a todo un ejército con tal de recuperar a su amada de metal. Una vez, hace muchos años, conocimos un tren tan comprometido, tan comprometido que fue capaz de devorarse a si mismo al grito de “más madera” con tal de llegar a tiempo para impedir que la escritura de propiedad de un terreno cayera en manos de los malvados dueños de la compañía de ferrocarril. Y recuerdo un tren que estaba a punto de abandonar Viena, la Viena destrozada y dividida de la posguerra, para dirigirse a cualquier sitio mejor, es decir, a cualquier sitio, y que hizo todo lo posible para forzar que se apeara una modesta actriz de teatro que ya estaba instalada en su compartimento dispuesta para la marcha. Creo que el tren la obligó a bajar, posiblemente para permitirle que viera por última vez el rostro de un hombre que no la quería ni a ella ni a nadie pero que, por esos misterios que tienen la vida y los corazones humanos, había conseguido que a él sí le quisieran, tanto un escritor de novelas baratas del Oeste, como una modesta actriz de teatro y un gato al que le gustaba acurrucarse mimoso entre sus zapatos.

Y ya que alguien ha mencionado las novelas del Oeste, aprovecharemos para decir que el ferrocarril ha sido siempre un personaje más del western, como los caballos y las diligencias, o como las figuras de piedra del Monumental Valley que sirven de marco a las películas de Ford (y sólo nombro al maestro, porque creo que ningún otro director debiera atreverse jamás a rodar allí una película). Son muchas las películas del Oeste en las que los protagonistas esperan temerosos o impacientes la llegada o la salida de un tren. Son los trenes los que marcan el inicio y el fin de los paseos nerviosos de un sheriff que no encuentra ayuda entre sus vecinos para defenderse de unos pistoleros que llegan a la ciudad con la intención de vengarse de él. Cuando la civilización llegó al Oeste y las ciudades comenzaron a estar protegidas por hombres que llevaban una estrella de latón en el pecho y que representaban la ley y el orden, los bandidos y los pistoleros fueron poco a poco volviendo la vista hacia los trenes, más desprotegidos que los bancos aunque mucho más complicados de asaltar que las diligencias, lo que dio lugar a infinidad de tiroteos en los techos de los vagones, algunos de ellos memorables, como el que enfrentó a un grupo salvaje con sus perseguidores o como el que tuvo lugar entre unos rebeldes mexicanos y unos mercenarios profesionales, hijos de puta de nacimiento, contratados para rescatar a la mujer de un millonario, hijo de puta hecho a sí mismo, que había sido secuestrada por un hombre llamado Raza.

Todos los trenes que hemos citado hubieran merecido el Oscar. Pero si yo tuviera que escoger sólo a uno, si tuviera que nombrar sólo un tren al que darle todos los premios del mundo, elegiría sin dudarlo a uno que asoma sus ojos y su chimenea durante un instante de una película maravillosa, y lo hace para conducir a un matrimonio que vuelve al Este después de haber asistido al entierro de un hombre que lo había dado todo por ellos y que ahora está muerto, sin las botas puestas, dentro de una caja de pino sobre la que reposa una rosa de cactus.
Lo dejamos aquí. Me gustaría seguir hablando de cine y de trenes con ustedes, incluso intentando intercalar alguna referencia gastronómica, que a veces se me olvida que aquí nos gusta sobre todo hablar de platos y de vinos exquisitos, pero ahora no puedo. He quedado para cenar y tengo miedo a perder el tren.