
Dicen que Nueva York no se parece a ninguna otra ciudad de la tierra aunque es un ejemplo de lo mejor y lo peor de todas ellas. Dicen que es enorme, grandiosa e inabarcable y que, por ello, un día en Nueva York tiene que comenzar muy pronto por la mañana. Nosotros seguiremos el consejo y vamos a madrugar mucho, imitando a los tres marineros de permiso que un lejano día de la primavera de 1949 se despertaron con la intención de comerse la gran manzana y el mundo. Pero como primero tenemos que orientarnos, vamos a guardar un minuto de silencio para escuchar las indicaciones de los marineros Kelly, Munshin y Sinatra:
New York, New York, it's a wonderful town!
The Bronx is up and the Battery's down
The people ride in a hole in the ground,
New York, New York, it's a wonderful town!
Todo aclarado. Nos vamos hacía arriba y en metro. El madrugón tiene que ser importante porque queremos ver amanecer sobre el río, y queremos verlo exactamente desde un banco que está situado junto el Puente de Queensboro, en Sutton Square esquina con la 59th Street Bridge, el mismo banco en el que se sentaron juntos Isaac Davis, ese cuarentón que sedujo a una colegiala después de que su esposa lo abandonara por otra mujer, y Mary Wilkie, la amante de su mejor amigo, en esa imagen tan bonita que se puede ver en el cartel de la película “Manhattan”:
“Capítulo primero: él adoraba Manhattan, la idolatraba de una manera desproporcionada…” A lo mejor es más bonito el amanecer desde otro lugar del río, es posible, pero los que no tenemos ninguna complicidad sentimental con esta ciudad, debemos engancharnos a sentimientos ajenos si no queremos quedarnos hooked on a feeling o colgados en Filadelfia o qué sé yo. Resumiendo, que como tenemos asumido que necesitamos un guía, nosotros vamos a pedirle ayuda al cine.

Aunque es temprano, ya llevamos despiertos un buen rato y todavía no hemos desayunado. Andaremos un rato descalzos por el parque antes de buscar una joyería en la Quinta Avenida, en donde nos han asegurado que se desayuna de maravilla y, además, si llegamos pronto, pero que muy pronto, es posible que nos crucemos con una extraña mujer que ha sido capaz de arrojar su pasado a la papelera de la esquina por la sencilla razón de que no quiere pertenecer a nadie. Una mujer que, cuando el día amanece rojo, acude en taxi a la joyería vestida de negro, con guantes negros, gafas negras y collar de perlas, y permanece embelesada durante un rato, mirando el escaparate, mientras desayuna un café y un bollo. Acude allí, porque para ella el único remedio contra los días rojos es acudir a Tiffany’s, un lugar donde piensa que nada malo podrá ocurrirle.
Como no termino de tener claro eso de desayunar en una joyería, me llevo, por si acaso, apuntadas en mi libreta las direcciones de un par de delis. ¿Que qué es un deli? Pues una abreviatura de delicatessen, que ya saben ustedes lo aficionados que son los americanos a acortar las palabras. En Nueva York, los delis son unos restaurantes que cuentan también con productos de venta directa al público. Así que en el caso de que en la joyería no haya huevos revueltos, ni café, ni zumo de naranja, podemos acercarnos a probar esa barbaridad llamada sándwich de pastrami en el Katz’s Deli, en el Lower East Side, 205 East Houston Street, porque seguro que merecerá la pena acudir a un lugar cuyo slogan dice que “there's nothing more New York than Katz's”. Además, para que no nos perdamos, hay una flecha que señala la mesa en la

que Sally le mostró a Harry el modo en que las mujeres son capaces de fingir un orgasmo, y un letrero que dice: “where Harry met Sally... hope you have what she had!". Me apetece tomarme un sándwich de pastrami en el Katz’s, y me apetece volver a ver la película para comprobar si soy capaz de sentir de nuevo lo mismo que sentí la primera vez que la vi, hace ya muchos años, cuando Harry le dice a Sally que aunque él hubiese querido que ambos fuesen simplemente amigos y residentes en Nueva York, no ha podido ser. Y no ha podido ser porque se ha enamorado de ella. Y es por eso que quiere que sea ella la última persona con la que pueda hablar antes de irse a dormir por las noches y que su cara sea lo primero que vea por la mañana, porque la quiere incluso cuando dice que tiene frío en pleno verano o cuando entra en un deli y tarda una hora en decidirse por un sándwich (que al final siempre será de pastrami, supongo).
Pero aunque no haya nada tan neoyorquino como el Katz’s, no descartamos acudir al Carnegie Deli de la Séptima Avenida, esquina con la calle 55, para desayunar el sándwich Broadway Danny Rose y la tarta de queso con fresas. Nos dicen que el Carnegie es lugar de encuentro habitual de cómicos y escritores, algo parecido al Café Gijón de Madrid, donde en tiempos se reunían a hacer tertulia José Luís Coll, Manuel Vicent, Manolo Alexandre y El Algarrobo. Nos cuentan también que el lema del Carnegie dice algo así como que “si te puedes acabar la comida es que hemos hecho algo mal", o sea que por lo que parece son tan brutos como en Malacatín. Otra opción podría ser esperar un poco y probar el brunch del elegante Russian Tea Room. Un lugar tan elegante que exige a los caballeros el uso de chaqueta, como Sergi. Lo sé porque recuerdo que en la recepción del restaurante le facilitaron una a Isaac (el mismo cuarentón del que hablábamos antes) cuando llevó a su hijo para invitarle a comer y para tener con él una conversación de hombre a hombre, que bastantes mujeres tiene ya que aguantar el pobre niño en casa. Aunque el restaurante tiene una pinta de hortera que echa para atrás, yo le tengo cierta simpatía porque fue aquí donde empezó la carrera de actriz de Dustin Hoffman en “Tootsie”.

Aquí o allá, el caso es que después de un desayuno tan abundante hay que dar un paseo. Seguramente nos acercaremos a la puerta lateral del John Golden Theater en la calle 45, para ver el lugar donde Eva Harrington, antes de mostrarse al desnudo, esperaba todas las noches la salida de su ídolo, Margo Channing. Buscaremos las oficinas de la Genco Olive Oil en el número 128 de la calle Mott, y después recorreremos todos los edificios que Sam Waterston les muestra a Dianne West y a la Princesa Leia en “Hannah y sus hermanas”: los apartamentos Dakota (donde se rodó “La semilla del diablo”), The Halls of Learning, en el 20 West 44th Street; el Edificio Chrysler; The Abigail Adams Smith Museum, en el 421 East 61st St y el Waldorf Astoria, el hotel que más le gustaba a Ginger Rogers, a Marilyn y a Truman Capote, y donde tendremos la oportunidad de probar la ensalada Waldorf, la preferida de Cole Porter:
You're the top!
You're a Waldorf salad.
You're the top!
You're a Berlin ballad.
(Tenemos que abrir un pequeño paréntesis para decirles que Porter, en su canción “You’re the top”, no se refiere a la capital de Alemania, sino a Irving Berlin, compositor de canciones maravillosas, entre otras, las famosísimas “There’s no Business like Show Business”, “Puttin on the Ritz” y “Cheek to Cheek”). Ya cerrado el paréntesis y como se nos está haciendo tarde, nos vemos obligados a llamar a nuestro taxista favorito, Travis Bickle, para que nos acerque antes del lunch al puente de Brooklyn, y así ver el lugar desde el que saltó Tarzán huyendo de sus perseguidores o ese otro desde el que se cayó un amigo de Travolta mientras hacía el tonto en “Fiebre del Sábado Noche”.
Ahora vamos a tomar un perrito caliente o un trozo de pizza. Podemos acercarnos al Jackson Hole Diner, en el Astoria Bulevar de Queens (antes se llamaba Air Line Diner), en cuya puerta Ray Liotta y Joe Pesci robaron un camión a punta de pistola en “Uno de los nuestros”, o a la sucursal que está en el 1270 de la Avenida Madison, muy cerca del Museo Guggenheim, lugar al que Woody lleva a cenar a Holly, una de las hermanas de Hannah, cuando se la encuentra meses después de haber pasado con ella una noche espantosa escuchando a Bobby Short en una sesión de jazz en el Café Carlyle y le dice la frase más bonita de toda la película: “¡qué suerte haberte encontrado!”. Podemos también acercarnos a Nathans, el puesto de hot dogs favorito de Cary Grant, que es famoso por organizar cada año un concurso bastante gilipollas de comedores de perritos calientes, concurso que fue ganado el año pasado por un gilipollas llamado Joey Ghestnut, quien fue capaz de zamparse sesenta y ocho perritos en diez minutos, el muy gilipollas. O, si no, al Shake Shak, para tomar una hamburguesa con vistas al Flatiron Building, donde es posible que podamos ver a Peter Parker saliendo por una ventana del edificio. Si preferimos pizza, la John’s Pizzeria of 278 Bleecker Street es nuestro lugar. Fue en esta pizzeria donde Tracy, la colegiala, le dijo a Isaac (el mismo Isaac del que llevamos hablando todo el rato) que se iba a Londres a estudiar, con la secreta esperanza de que él le pidiera que no lo hiciera, que le pidiera que se quedara con él. Según Woody, aquí se come la mejor pizza de Nueva York.
Después de la pizza, podremos tomar una copa tranquilamente en algún bar de los alrededores, por ejemplo en el Vazac’s del East Village, en la esquina de la Avenida B con la calle 7, donde los hermanos Rosato intentaron estrangular a Frankie Pentangeli, por orden de Hyman Roth; o en The Bitter End, en Greenwich Village, para conocer el lugar en que comenzaron su carrera Bob Dylan, Janis Joplin o Mama Cass, dream a little dream of me. Pero hay que darse prisa porque queremos tener tiempo para tomar el ferry que nos conduzca hasta el Liberty State Park, en New Jersey, para ver de cerca la isla en la que Vito Andolini se convirtió en Vito Corleone, y un poco más allá, dándonos la espalda, la Estatua de la Libertad, con el aspecto que tiene ahora, dos mil años antes de que los simios dominen la tierra y aparezca, medio destrozada, ante los aterrorizados ojos del Coronel Taylor.

De vuelta al centro, nos detendremos en Washington Square, la plaza en la que vivía la joven heredera Olivia de Havilland, cuando fue seducida por Montgomery Clift, y, de paso, buscaremos el lugar donde Richard Jenkins tocaba un tambor africano llamado djembe junto a un inmigrante ilegal en “The Visitor”. Pararemos también en la intersección de las calles Worth, Baxter y Park, para poder ver el lugar en el que se encontraban los Five Points, ese barrio marginal donde Daniel Day-Lewis campaba a sus anchas en “Gangs of New York”, y subiremos a lo alto del Empire para esperar la llegada de Deborah Kerr y de King Kong. Iremos a Times Square, caminando por la calle 42 y nos detendremos un momento en la puerta del Teatro Majestic, imaginando que ponen todavía “The Music Man”, la obra que C.C. Baxter invita a ver a la señorita Kubelik, aunque ella no acudirá porque, como todo el mundo sabe, se queda tomando cócteles con el señor Sheldrake en el Rickshaw Dumpling Bar, 61 West 23rd Street.
Vamos a cenar en el jardín del Restaurante Barbetta, 321 West 46th Street, el mismo restaurante en el que Mia Farrow y Joe Mantegna se vuelven invisibles en “Alice”, pero de camino nos detendremos en la esquina de la Avenida Lexington con la calle 52, en el lugar en el que el paso de un metro por debajo de una rejilla de ventilación levantó la falda de Marilyn y cortó la respiración de miles de personas. Después de la cena nos queda una visita a Harlem. No nos va a dar tiempo a ver el show de los debutantes en el Teatro Apollo. Quizás podríamos acercarnos al Cotton Club, pero como esta noche no actúan ni Dixie Dwyer ni Duke Ellington, preferiremos pasarnos por el Lenox Lounge, 288 Lenox Avenue, el bar favorito del detective John Shaft y del traficante de heroína Frank Lucas, interpretado por Denzel Whasington en “American Gangster”.
Ya es muy tarde y estamos cansados, pero como nos cuesta un poco dar por terminado un día como éste, lo mejor será volver a repetir la imagen con la que lo comenzamos. Vayamos, por tanto, a acercarnos otra vez al banco que está situado junto al Puente de Queensboro, exactamente en Sutton Square esquina con la 59th Street Bridge, para relajarnos un poco antes de dormir: “Capítulo primero: él adoraba “Manhattan”, la idolatraba de una manera desproporcionada…”
Nota del Traductor: si alguien les dice alguna vez que en este blog se toca de oído, no vayan a negarlo, pues les aseguro que el autor no ha puesto jamás los píes en la mayoría de los sitios mencionados en este artículo.