
Por si acaso hubiera por aquí algún espíritu puro que no esté familiarizado con ellos, les diré que los primeros suelen ser bastante progres y se caracterizan por opinar con aparente conocimiento de causa de cualquier asunto siempre y cuando no se trate de un partido de fútbol (“es que a mí el fútbol….”, repiten con una pose estudiada que parece mezclar el sofoco de tener que reconocer su ignorancia en un tema, con cierto orgullo motivado por el hecho de estar al margen de una distracción tan mundana). Abusan de esa ridícula moda de utilizar sucesivamente los géneros masculino y femenino para referirse a un grupo, se supone que con objeto de no discriminar a la mujer, lo que les lleva a decir cosas tales como “nosotros y nosotras tenemos motivos para estar preocupados y preocupadas” y otras barbaridades semejantes. Si son machistas, racistas, homófobos o xenófobos procuran que no se les note, y además, aunque les pueda resultar a ustedes increíble, son capaces de pillarle la gracia a Miguel Sebastián, a Leire Pajín e incluso a Pepe Blanco. Los segundos, progres, progres, lo que se dice progres, no son. Defienden, por encima de todo, lo español: el sol español, el vino español, la mujer española, el queso español, el soldadito español, soldadito valiente (en cambio, el cine español no les gusta, ya que les caen muy gordos los actores españoles). Si son machistas, racistas, homófobos o xenófobos les importa un pito que se les note. La mayoría no pueden ver a un homosexual ni en pintura, aunque suelen decir en público que lo único que les molesta del matrimonio entre personas del mismo sexo son meras cuestiones semánticas. Sienten simpatía por el Papa de Roma y por los miembros de la Conferencia Episcopal, y en cambio opinan que Zapatero es medio tonto. No paran de criticar lo que llaman “la ola totalitaria de prohibicionismo que padecemos”, termino al que le dio alas esa gracieta tan tonta con la que Aznar pretendió hacer burla de una campaña de la Dirección General de Tráfico: “Pero, ¿y quién te ha dicho a ti que yo quiero que conduzcas por mí?
En general todos ellos son bastante pedantes, por lo que a nadie le resultaría extraño que empezaran hablando en su tertulia de una película de romanos y terminaran explicándonos el ablativo absoluto. Pero salvo por la pedantería y alguna otra cosa sin mayor importancia, las opiniones de los miembros de un grupo no coinciden en nada con las del otro. Unos admiran a Pilar Bardem, a Juan Echanove y a Willy Toledo (y piensan incluso que son grandes actores); otros los desprecian hasta el punto de hacer mofa de ellos, y en cambio aplauden a Bertín Osborne y a Julio Iglesias (y piensan incluso que son grandes cantantes). A unos les hacen gracia los chistes de Forges y a los otros no. A unos les parecen ordinarios y chabacanos Los Morancos y el Dúo Sacapuntas y a los otros… también.
Pero tanta disparidad ha cambiado con la ley antitabaco. Ante ella no hay progresistas ni conservadores, simplemente hay fumadores y no fumadores (también están los distribuidores de estufas de exterior, pero esa es otra historia). Es posible que haya algún no fumador tolerante al que no le guste la ley, e incluso es posible que algún fumador habitual la acepte entusiasmado, pero serán excepciones. Por eso conviene dejar claro cierto aspecto para que sepan ustedes a que atenerse antes de seguir leyendo. Yo ya no fumo. Lo dejé una noche de hace muchos años en la que (igual que le pasó al papá de Mafalda) me dí cuenta de que, aunque pensara que me estaba fumando un cigarrillo, en realidad era el cigarrillo el que me estaba fumando a mí. Supongo que el dato es absolutamente irrelevante, pero les diré que debió ser en primavera. Dejé de fumar sin apoyo psicológico, sin sesiones de acupuntura ni de magia negra, sin necesidad de hacer ejercicios espirituales ni catequesis, sin recibir siquiera orientación cristiana por parte de mi confesor. Lo hice sin parches ni chicles de nicotina, sin cigarrillos electrónicos ni chupa chups, sin masticar caramelos sugus a todas horas. Lo hice sin dosis extras de chocolate ni visitas al herbolario de la esquina para comprar hierbas medicinales milagrosas. No dejé de tomar café ni bebidas alcohólicas. No dejé de salir de casa para evitar la compañía de mis amigos fumadores, los cuales seguían fumando insensibles ante la ansiedad que me provocaba mi nueva situación. No comencé a practicar ningún deporte ni me hice budista. No me hice antisistema ni me afilié a las nuevas generaciones del Partido Popular. No me taladré los lóbulos de las orejas ni me hice ningún tatuaje en el culo. No dejé de dormir por no tener ganas de fumar al despertar, ni dejé de ir al cine por no querer encender un cigarro al terminar la película y salir a la calle. No cambié de pareja ni de periódico. No cambié de equipo de futbol (a muerte con mis colores). Simplemente dejé de fumar.
Lo cierto es que ya llevaba pensándolo bastante tiempo. Abandonar el tabaco es algo en lo que piensan casi todos los fumadores de vez en cuando y por cualquier motivo. A lo mejor porque se nota uno cansado después de subir un tramo de escalera, o porque a algún conocido le han diagnosticado un cáncer de pulmón, o porque tose mucho por las mañanas cuando se despierta, como le pasaba a Serrat:
“Enciendo un cigarrillo y otro más…
Un día de estos he de plantearme
muy seriamente dejar de fumar
por esa tos que me entra al levantarme…..”
Se lo puede uno plantear en cualquier momento del año pero lo más frecuente es que lo haga cuando se aproximan las navidades y todos empezamos a hacer planes absurdos para el año nuevo: voy a llevarme bien con mis cuñados, voy a ordenar mis cajones, voy a adelgazar, voy a empezar a desayunar Activia de Danone como José Coronado, voy a matricularme en un gimnasio, voy a comprarme una cinta andadora, voy a dejar de fumar… Pero el momento en el que esas buenas intenciones empiezan a tener más posibilidades de triunfar es cuando empezamos a notar los síntomas que nos anuncian la proximidad de la vejez.
Para darnos cuenta de que nos hacemos viejos tenemos que fijarnos un poco en nosotros mismos y en los demás. Tenemos que atender a los pequeños detalles. Un pequeño detalle es, por ejemplo, que nos pasemos toda una velada con los amigos hablando de Bonanza, del Superagente 86, de Joe Rígoli y del festival de San Remo. O que alguien nos pregunte dónde estábamos el día en que el hombre llegó a la luna. O que sepamos quien es Patxi Andión o Uri Geller. O que todas las tías que nos gustan tengan más de cuarenta años (bueno, más de treinta y cinco; en fin, más de treinta, no rebajo ni un año más). O que descubramos horrorizados que nos sabemos las letras de las canciones de Mari Trini, de Mocedades y del trío Los Panchos (si también se sabe las de Georgie Dann ya es más preocupante: además de viejo es usted un hortera). O si nos damos cuenta de que se nos hace muy pesado eso de ir al campo a ver el partido, y decidimos que mejor lo vemos en la tele, que más calentito que en casa no se está en ninguna parte (aunque eso a mí no me pasa, oiga, que yo a muerte con mis colores). O si comprobamos que nos hemos convertido en unos hombres blandengues de los que odiaba El Fary, y se nos pone un nudo en la garganta con las canciones de Perales o sufrimos inesperados ataques de emoción en los restaurantes (emoción que luego valoramos en los blogs gastronómicos, por ejemplo, con una nota de un ocho coma cinco). En fin, son muchos detalles. Podríamos incluir también el hecho de estar más irritables y de peor humor, lo que puede dar lugar a que seamos cada vez más radicales en nuestros gustos y en nuestras opiniones. Esa irritabilidad nos puede llevar a decir, por ejemplo, que el rap es un coñazo, que Belén Esteban es una imbécil, o que no hay quien aguante el doble umbral ni la insipidez del pivote (¿o es el doble pivote y el umbral de la insipidez?, es que a veces me hago un lío con los nombres de las cosas). Nos puede llevar a echar pestes del gobierno y, acto seguido, abominar de la oposición. Incluso puede hacer que nos entren ganas de pegarle una patada en los huevos a algún gilipollas que ande suelto por ahí (como por ejemplo a Sánchez Dragó).
No digan que no damos pistas. Si empiezan a observar alguno de estos síntomas u otros parecidos, quizás es que haya llegado ya el momento de dejar el tabaco. Si es así no se preocupen: no es tan difícil. Como les decía, yo lo dejé una noche de primavera de hace muchos años. Hasta ese momento me había pasado la vida buscando excusas para retrasar la decisión. En invierno por el frío, y en verano por la calor. En primavera, la espera y en otoño, un retoño. Tu, yo, la luna, el sol, ella, él, la rosa, el clavel… Pero lo dejé. Y eso que yo era un fumador insoportable, un cenicero con patas incapaz de distinguir el vino tinto de la Pepsi Cola, uno de esos que fuman entre trago y trago, entre plato y plato, y entre polvo y polvo (eso mismo decía un chiste muy gracioso y más viejo que Carracuca: - “¿Y tú fumas entre polvo y polvo?”; - “Sí, unos veinte o treinta cartones”). Yo fumaba un cigarro y otro cigarro y otro cigarro, lo mismo que Javier Krahe:
“Otro cigarro que aún no es
el de después.
Es anterior,
por eso mismo lo destaco.
Gracias, tabaco”
¡Joder, qué tío!, le da las gracias al tabaco. Yo nunca llegué a ser tan agradecido.
En fin, ya me estoy enrollando demasiado. Lo que esperan ustedes es que les aclare mi opinión sobre todos los aspectos de esta ley tan polémica y así poder decir que soy un tipo sensato o un capullo, según coincidan o no mis ideas con las suyas. Si son ustedes fumadores les encantará que ensalce las llamadas a la insumisión de esos tipos que no creen haber visto jamás mayor injusticia social que la de no poder fumar en los bares, y les apetecerá volver a leer, una vez más, que ya basta de prohibiciones, que primero fueron los chanquetes, luego las bolsas de plástico del Carrefour, ahora lo del tabaco y, como sigan así las cosas, el año que viene nos van a prohibir los polvorones y el turrón de guirlache o, ya puestos, los apestosos perfumes que llevan algunas señoras y que también molestan una barbaridad. Si no lo son, les gustará que diga que cuando algunos hablan de “prohibido prohibir”, en realidad lo que está queriendo decir es “prohibido prohibir las cosas que a mí me gustan”, y aplaudirán todos los argumentos sensatos que aquí se puedan ofrecer sobre la salud y sobre los perjuicios que se ocasionan a los fumadores pasivos. Pero no pienso hacer ni una cosa ni otra. He pensado que en lugar de darles mi opinión, que supongo que no les importará absolutamente nada (y, además, bastante se me está viendo ya el plumero), mejor será que nos dediquemos a buscar respuestas en las letras de nuestro rico cancionero, crisol de sabiduría, a ver qué conclusiones sacamos.
Empezaremos con una sorpresa pues, aunque en general parece admitido que fumar es insano, no faltan los que opinan que el tabaco tiene sus ventajas, pues nos despeja la mente y nos ayuda a pensar con más claridad:
"Voy a parar en el camino,
y en lo que dura un cigarrito
voy a pensar en estos años;
todo lo que me ha pasado….
Dan dubi dubi dubi dan bambero
Y el conejo saca a un mago del sombrero”
Otros van más allá y, en contra de lo que advierten las autoridades sanitarias, sostienen que el tabaco nos ayuda a prolongar la vida y a conciliar el sueño:
“Y mientras fumo,
mi vida no consumo
porque flotando el humo
me suelo adormecer...”
Sin contar con el placer que proporciona:
“Fumar es un placer
genial, sensual.”
Placer que puede llegar a convertirse en pasión, en delirio, en embeleso y en éxtasis:
“Dame el humo de tu boca
Anda, que así me vuelvo loca”
Un placer divino a cuya capacidad de seducción no escapan médicos famosos, grandes artistas ni presidentes de gobierno. Ni siquiera el mismísimo Dios, que fuma puros habanos incluso por la noche:
“Dieu est un fumeur de havanes
je vois ses nuages gris
je sais qu'il fume même la nuit
comme moi ma chérie”
Las razones por las que fuma la gente son inescrutables, como los caminos del Señor. Unos fuman para aliviar el frío:
“Cuando amanezco con frío
prendo un cigarro de a vara
y me caliento la cara
con el cigarro encendido”
Otros porque les sienta bien el efecto visual que el humo provoca en su rostro inocente y melancólico. Eso le pasaba, por ejemplo, a Banacek:
"Que venga con su coche tan potente.
Que venga con su chófer tan prudente.
Que venga que hay que ver cómo está el tío.
Que traiga esa carita de inocente
y el purito encendido."
Algunos porque piensan que el tabaco puede ser un buen sustitutivo del sexo, y lo mismo que a falta de pan buenas son tortas, en ausencia de nuestra pareja habitual también puede ser mejor y más barato pasar la noche de cigarro en cigarro antes que irse por ahí a recorrer burdeles y tal y tal:
“Pensé buscar amor en otros brazos,
pero otra noche esperé,
otra noche sin ti
que aumentó mi dolor,
de cigarro en cigarro
cenizas y humo en mi corazón.”
Eso de ir por la vida de cigarro en cigarro y llenar el corazón de cenizas y humo tiene que ser fatal para la salud, aunque a muchos parezca no importarle y prefieran vivir la vida despreocupadamente:
“Vivo del cáncer a un paso
sin hacerles caso a
los que me dicen “eh, Sabina”
ten cuidado con la nicotina.”
Pero si por ser tan imprudentes terminamos palmando de un infarto, que quede claro que la responsabilidad será toda nuestra, no vayamos a ir echándole por ahí la culpa al pobrecito cigarro:"Pobrecito mi cigarro,
un día te han de culpar,
cuando al corazón cansado,
se le duerma su compás”
Otros son más previsores y aconsejan practicar costumbres sanas y moralmente irreprochables: conducir con precaución, no ir a los casinos, alejarse de los fumadores de puros y usar una clase especial de gomina:
“Ponte gomina que no te despeine
el vientecillo de la libertad.
Funda un hogar en el que nunca reine
más rey que la seguridad.
Evita el humo de los puros,
reduce la velocidad.
Si lo que quieres es vivir cien años
vacúnate contra el azar”
Naturalmente. Si lo que queremos es vivir cien años tenemos que empezar a pensar en dejar de fumar (salvo que seamos Santiago Carrillo), pero si nos falta voluntad para hacerlo, por favor, que no se nos ocurra ahora volver a mirar para otro lado y echarle la culpa a nuestra pareja:
“Cuando estoy contigo fumo sin cesar,
yo no sé el motivo de tanto fumar.
Tú tienes la culpa que yo fume tanto,
serán como el humo tus fuertes abrazos”
Cuidadín, cuidadín, que si nos ponemos en este plan vamos a tener bronca seguro (a menos, claro está, que nuestra pareja sea una persona despiadada que se complazca viéndonos sufrir, y nos obligue a caer una y otra vez en el vicio del tabaco para apartar de este modo su recuerdo de nuestra mente torturada, y poder encontrar así, aunque solo sea por un breve instante, la felicidad, siempre tan fugaz y pasajera):
“Yo con un pitillo me siento feliz
y mirando el humo me olvido de ti.
Me sabe a humo, me sabe a humo
los cigarrillos que yo me fumo”
Otras personas refutan la ecuación tabaco-olvido y sostienen que, por el contrario, los pitillos para lo que sirven es para acordarse mejor de las cosas:
“Un olor a tabaco y Chanel
me recuerda el olor de su piel”
Y lo mismo que sirven para acordarnos de nuestra churri, también nos pueden provocar la evocación de nuestro país, aunque esto último solo en el caso de que encendamos el pitillo en una tierra extranjera a la que habremos arribado a bordo de un barco de vela:
“En medio del humo que forma el tabaco,
ve el viejo el lejano y brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada,
tendidas las velas, partió el bergantín...”
Entonces ¿en qué quedamos? ¿El tabaco es bueno para recordar o para olvidar? Aunque la doctrina no se pone de acuerdo sobre este extremo, parece que si de verdad lo intentamos, podremos conseguir olvidar a la pérfida enamorada, causa de nuestro dolor y de nuestro desconsuelo, sin tener que vaciar un montón de paquetes de Ducados:
“No hay por qué fumar mil cigarrillos
no hay por qué quemar el televisor
no hay que caer hasta el fondo del mar
para olvidarte”
Tampoco hay que quemar el televisor, ¡menos mal! La verdad es que se queda uno más tranquilo. Pero no hay que bajar la guardia, porque siempre existe el riesgo de que aparezca un amigo golferas para proponernos una buena juerga (juerga que casi seguro nos tocará pagar), con la intención de ayudarnos a matar las penas antes que las penas nos maten a nosotros:
“Vamos, alégrese compadre,
que lo van a matar las penas.
Vamos a darnos un trago,
que esta noche es la más buena.
Tabaco y ron.
Tabaco y ron”
Bueno, no siempre es así. Hay gente retraída y poco sociable que no demuestra ninguna predisposición a relacionarse con los demás, y así, sin camaradas ni parientes cercanos que le consuelen, tiene que terminar conversando con su único amigo, que no es otro que su cigarrillo:
"Anoche estuve conversando con mi cigarrillo
y al terminarlo pensando me quede entre suspiros
que en este verso triste, que es el mundo en que vivo
solo él me va quedando, como único amigo.”
Pero esto ya se ha acabado. A partir de ahora si queremos tener una charla seria con nuestro pitillo acerca del mundo tan triste que nos ha tocado en suerte vivir, más vale que nos quedemos en casa porque:
“En la boda de mi prima, no se puede fumar
en la tasca, en la cantina, no se puede fumar
en horarios de oficina, no se puede fumar
Lo dice la ministra, no se puede fumar
Lo dice la ley, no se puede fumar
Lo dice el Rey, no se puede fumar”
¡Mira tú! Tanta conversación sin llegar a ningún sitio y al final han tenido que venir los Mojinos Escozios para dejarnos a todos las cosas claras.