
Pero a pesar del entorno el restaurante no nació con las tres estrellas michelín puestas en la solapa. Fue en el año 2009, diez años después de hacerse cargo del restaurante, cuando el normando Eric Frechon consiguió la tercera estrella. Frechon forma parte de una generación de cocineros -Yves Camdeborde de La Regalade o Thierry Breton de Chez Michel- que se formó en Le Crillon a las órdenes de Christian Constant. Las crónicas hablaban de una cocina que huía de la desestructuración y se basaba en el producto, en las antípodas de las tendencias que había marcado El Bulli en los últimos diez años. Irónicamente ha sido la tendencia la que se ha acercado a él, a su visión clásica y refinada de la cocina, incluso en la propia España.

Si uno espera una gran casa cuando llega a Le Bristol, esto es exactamente lo que se encuentra. Vajilla y cubertería maravillosa, un regio tapiz preside el salón donde la brigada se despliega bien dirigida por los jefes de sala. Disfruté con el maravilloso pan y la mantequilla, un punto más fría de lo que conviene para un aperitivol. Destaca el servicio de vinos que empieza con el asesoramiento sobre la enciclopédica carta de vinos -con su carísima y descomunal oferta de añadas y zonas- y se prolonga durante todo el almuerzo eligiendo las copas correctas, y manteniéndolas llenas al tiempo que se aseguran que la temperatura es correcta, sin mirar que el vino sea apenas el modesto tinto Givry de Joblot -70 euros-. La sala de Le Bristol es la mejor que he tenido oportunidad de disfrutar siendo -en mi opinión-, una buena pista de lo que una casa que aspira a las tres estrellas michelín debe garantizar.
El menú a 85 euros comienza con un amuse gueule de mousse de yema de huevo, templada y con textura suave. Me sorprende el calamar cocinado como una angula (sic), parece una corteza con el sabor del cefalópodo concentrado, lo acompaña de un fondo de alcaparras, tapioca y chorizo. Curioso plato aunque no me convenciera especialmente la combinación. La otra entrada posible -se ofrecen dos opciones para cada plato-, me pareció soberbia: polenta ligera con puntas de espárragos y morillas salteadas y desglasadas con vino blanco. Concepto sencillo y clásico, resultado delicioso.

Los principales siguen utilizando un producto modesto pero bien trabajado. Buen punto el del bacalao -skrei- poco hecho (sic) con cítricos escarchados y fondo de perejil y bígaros, con un punto excesivo de acidez que se repite en el hígado de vaca vieja y compota de cebollas al vinagre de frambuesa. Impresionante la textura y el punto de cocción que consiguen en este hígado, la acidez le confiere chispa y alegría al bocado. El menú incluye antes de los postres, la tabla de quesos con unas quince opciones, elegimos un buen comté -24 meses de curación-, un roquefort y un magnífico camembert. Bien afinados y servidos, quizá no la mejor versión que recuerdo haber probado de ninguno de ellos.
Mientras el jefe de sala nos ofrece los postres, el servicio sirve en la mesa aledaña su famosa pularda cocinada en vejiga -una de las debilidades de su vecino y cliente habitual, Sarkozy- y corta un poco más allá un gigot de cordero, ambos probablemente a precios inasequibles para el viajero modesto. Le preguntamos si hay alguna opción de que modifiquen el menú para incluir alguno de los postres de chocolate en lugar de los que se basan en leche y ruibarbo que aparecen como posibilidades en el menú. Así las cosas nos confirma que no hay problema y nos traen el impresionante chocolate del caribe con bizcocho fondant crujiente y helado de café torrefacto. Plato que tras una breve y urgente interrupción para ir al cuarto de baño deciden llevarse y volver a servirlo por "no estar bueno cuando el helado lleva más de dos minutos en la mesa". Sin palabras. Por parte de la casa -no incluido en el menú-, deciden traernos otro postre: "precioso" chocolate nyangbo, teja fina crujiente, cacao líquido y sorbete dorado con oro fino. La sobredosis de cacao no se hace pesada, entre otras cosas, porque este segundo es el mejor postre de chocolate que recuerdo haber tomado nunca.

Macarons, nubes y un café. Seguro que hay muchas razones para recordar un restaurante. Le Bristol las ofrece todas: el entorno -sí, palaciego-, la gastronomía -clásica y refinada-, el servicio y el trato personalizado, sereno, sencillo y educado que uno espera en los mejores anfitriones. Las tres horas se hacen un suspiro y el viajero sale flotando del hotel, en la mano derecha la caja de huevos de Pascua que en las fechas cercanas a la Semana Santa del 2011 le ofrecen como regalo de despedida. En cualquier caso y mientras nos dirigimos al París de los alrededores del Sena, el de los botellones y los bateau mouche llenos de americanas adolescentes, pienso que ójala tenga la oportunidad de poder volver, de sentarme otra vez en esa mesa y disfrutar de lo que creo es el culmen de la gastronomía de lujo europea, las gotas que destilan tres siglos de tradición e historia.
Bristol Paris.
Hôtel Le Bristol Paris. 112, rue du Faubourg Saint-Honoré 75008 Paris.
Tel. +33 1 53 43 43 00