
Que qué es lo que tengo,
Que tengo de tó,
Tengo gambas, tengo chopitas, tengo croquetas,
tengo jamón, tengo morcilla, tengo ensalaá ,
tengo una hueva muy bien aliñá”
Anda el gobierno español intentando qué hacer para aprovechar el tirón de la alta cocina española, en concreto de El Bulli; nada raro en un país con poca industria donde el turismo, ahora como hace cuarenta años, supone la principal fuente de ingresos. Ni corto ni perezoso Rodríguez Zapatero fue a preguntarle a Adriá qué es lo que se podría hacer. Y Ferrán lo tiene claro, entre sus mensajes el más directo y factible es: “hacer que el tapeo sea considerado una forma de vida”.
En realidad no es extraño que Ferrán apueste por el tapeo, ¿Qué otra cosa son esos larguísimos menús de degustación, largos y estrechos sino un tapeo descomunal, infinito? Pero no es el único que lo piensa, los ayuntamientos se han puesto manos a la obra organizando decenas de concursos de tapas y pinchos por toda España, incluso en sitios sin apenas tradición de tapeo –más allá de lo que ponen por la jeta en cualquier bar-, llevan organizándose ya varias ediciones. Bien es cierto que con más pena con gloria en la mayoría de los casos –suelen encontrarse infinitas combinaciones de boletus, foie y torta del casar-, buscando por otro lado la promoción de la ciudad, más que mejorar en algo la propia gastronomía.
Pero si se quieren hacer las cosas bien hay que cambiar cosas, porque recordando a la preclara Beckham , España huele a aceite. Ojo, no al aceite virgen limpio y claro con el que se aliña una buena ensalada: no, huele a aceite refrito, a pimientos del padrón goteando grasa, a frituras húmedas, a decenas de reutilizaciones, a cocinas donde el goterón se desliza desde la campana extractora hasta el microondas. Ni en Barcelona, ni en Madrid, ni en Valladolid, ni en Pontevedra, ni en Huelva, ni en Cuenca se tapea bien. Y si me apuráis un poco creo que tampoco en Donosti, donde a veces pareciere que el surimi bañado en mayonesa se pesca en la playa de La Concha.
Propongo una escuela donde enseñen a freír, el número de usos que debe tener el aceite, a hacer una buena croqueta, a escoger un buen rebozo para un pescado; una escuela de hostelería donde se enseñe a hacer una tortilla, si patata vieja o joven, las posibilidades de las conservas, cómo cortar bien un jamón, los puntos correctos de los productos en la plancha o cómo cocer el marisco. En fin, las decenas de cosas básicas con las que España puede presentar al mundo esta cultura de tapas, no sólo en unas decenas de bares, sino en la mayoría.
Porque es bien cierto que es algo único y absolutamente exportable –ya lo hace José Andrés en su Jaleo y demás tinglado-, Ferrán va a apostar por una cadena internacional de tapas –ya tiene el Inopia en Barcelona- y sólo hay que ver la cara de felicidad de los turistas en las franquicias vascas que pueblan el Borne barcelonés, que se conforman con dos de pipas, si es que están bien presentadas. No hay ninguna duda del éxito de la fórmula.
Pero puestos a apostar por ello, quizá convenga hacer bien las cosas, porque uno, a estas alturas, sigue pensando que lo bien hecho, bien parece.