
El pasado mes de mayo se anunció en la prensa la desaparición de la publicidad en las pantallas de TVE, lo que, efectivamente, tuvo lugar a partir del 1 de enero de este año. El fin de la publicidad ha venido acompañado de un nuevo modelo de financiación de la televisión pública que, aunque no ha sentado bien ni a las cadenas privadas ni a las operadoras de telecomunicaciones ni a los sufridos contribuyentes, permitirá compensar la perdida de ingresos que antes proporcionaban los anuncios. Y aunque no nos haga mucha gracia que con nuestros impuestos se subvencione una televisión tradicionalmente empeñada en competir con las privadas, yo, de momento, mantengo la esperanza de que esta medida pueda suponer un salto de calidad para un modelo que lleva ya muchos sin apostar por ella, una televisión que se ha focalizado en programas del corazón (programas que tienen poco que envidiar a las salsas favoritas de Telecinco), en telenovelas iberoamericanas, o en programas de reportajes dirigidos por los reporteros más dicharacheros de barrio sésamo, que nos cuentan cosas como que los fríos provocados por las últimas nevadas han hecho disminuir el número de cañas de cerveza que habitualmente se sirven en el bar de la plaza del ayuntamiento de no sé qué pueblo de la provincia de Huesca, o que a un vecino de la localidad le ha costado mucho arrancar el coche “por culpa del frío que hace, mire usted”, o que una señora no ha podido llevar los niños al colegio, y otros asuntos de parecido interés humano.
La publicidad siempre ha tenido partidarios y detractores. A Fernando Fernán Gómez, por ejemplo, le gustaba que le interrumpiesen las películas. Decía que eso le permitía acompasar los ritmos de su vida doméstica, de modo que durante el primer bloque de anuncios freía el pescado y aliñaba la ensalada; con el segundo, levantaba la mesa y se comía el postre; y con el tercero, se preparaba un whisky con un dedito de agua, en el caso de que ese día le tocara meterse un lingotazo entre pecho y espalda, y no hubiese nadie alrededor para impedírselo. Además, decía, si no hubiera anuncios, ¿cuándo le iba uno a contar a su señora lo del ruidito que, al volver del trabajo, le había parecido escuchar por la zona del carburador? Todo eran ventajas.
Hablando de mí mismo, os diré que yo le cogí afición a los anuncios el año en que llegó a España la tele en color, cuando, impresionado por el invento, iba con mis amigos a ver los partidos de fútbol en las televisiones que había en el escaparate de El Corte Inglés de Felipe II. ¡Qué hermosas eran aquellas teles! Como pasábamos más horas allí que viendo las fotos del escaparate de la lencería de la calle Torrijos esquina con Hermosilla, hubo un día, cuando el mundial de Alemania, en el que para poder ver a gusto a la naranja mecánica bailando bajo la lluvia ante la asombrada mirada de un combinado de jugadores del Atlético de Madrid y de la Unión Deportiva Las Palmas, vestidos todos ellos con la camiseta albiceleste de la selección argentina, nos llevamos las sillas plegables, el bocadillo de carne con pimientos y la cerveza en lata, y así estuvimos viendo el partido tan contentos hasta que vinieron a desalojarnos los antidisturbios. Hasta entonces, lo más parecido que habíamos visto al color en la tele era un filtro que tenía la parte inferior marrón y la superior azul, y que se colocaba cubriendo la pantalla del aparato. El filtro en cuestión, aunque se puso de moda en aquellos bares de máquina de pinball, escupitajo en el suelo, chato de valdepeñas, patatas alioli y olor a celtas selectos, era en realidad un utensilio inútil y molesto que sólo daba el pego durante algunos fugaces instantes de Lawrence de Arabia o de alguna otra película ambientada en el desierto, por lo que no era extraño escuchar a algún parroquiano levantarle la voz al camarero y protestar contra el invento: “Mariano, quita ese chisme de ahí, coño, que le estamos viendo la cabeza azul a su excelencia el generalísimo”.

En LADL, espíritus cándidos, puros y algo moñas, de acuerdo, pero ajenos hasta ahora a todo interés materialista, siempre nos hemos negado a insertar publicidad en nuestro blog a pesar de las suculentas ofertas que hemos recibido. Pero como para todo tiene que haber una primera vez, quizás influidos por el anuncio de que se retrasa dos años la fecha de nuestro júbilo, y pensando que tenemos que ahorrar para la vejez, vamos a seguir una hoja de ruta contraria a la de la televisión española, y abrir una nueva sección publicitaria que se inaugura hoy con un anuncio dedicado al restaurante Etxanobe de Bilbao. Vamos a hacer publicidad del Etxanobe porque es un lugar precioso en el que nos trataron con atención y con cariño. Porque nos presentaron una cocina de muy alto nivel, con platos llenos de maravillosos productos y con preparaciones que resaltaban el sabor, el sabor, el sabor, no destinadas a desafiar al intelecto, no, sino a hacer disfrutar al paladar. Porque bebimos un sensacional Larmandier Blanc de Blancs y un riesling delicioso, cuyos aromas se pasean desde entonces, como Pedro por su casa, por la porción de mi cerebro que recuerda los olores. Porque comimos un estupendo menú largo en el que había salmón, tomates, exquisitas cigalas preparadas en un carpaccio exquisito, anchoas (¡qué anchoas!), carabineros, atún, cebolla y bacon, bacalao, calabaza, huevos con riñones, foie, cordero con patatas, quesos, postres con sabor, con sabor, con sabor, chocolate que explota en la boca, tarta de manzana, copa en la terraza, preciosa ciudad, bonitas vistas. Cuando nos estábamos despidiendo, Fernando Canales escribió, en la primera página de un libro precioso, una línea que decía que comer con amor es disfrutar de la vida. Cierto. Y también es cierto que a mí ese día me resultó imposible no enamorarme de un sitio en el que se sirven platos que se han cocinado con tanto amor. En Etxanobe, yo disfruté de la vida.
Fotos de Fernando Canales y Manuel Luque.